Not a member?     Existing members login below:

Historia de una Parisiense

La condesa se retiró al fin muy contenta de su campaña y no
tenía porqué no estarlo, pues por la primera vez, desde muchos
meses atrás, seocupaba Juana de otro hombre que no fuese
Monthélin. Había comprendidomuy bien lo que la señora de
Lerne le había dicho con insinuaciones ypalabras solapadas, a
saber, que tenía en su hijo Jacobo un admiradorfervoroso. Esto
la intrigaba, ¿Cómo? ¿por qué? ¿Qué relación existíaentre ellos?
Nada de esto podía explicarse.
Tendiose en su sillón y trató de recordar las ocasiones en que
se habíaencontrado con él, las palabras que le había dicho, su
actitud y laexpresión de su mirada. Era cierto que aquel
mocetón, frío, espiritual yfastidiado, le había intimidado
siempre; sentíase inquieta cuando se leacercaba en su salón.
Creyó recordar, sin embargo, que siempre la habíatratado con
una cortesía excepcional, dispensándola de las bromasburlescas
con que gratificaba a las demás mujeres. Halagábala el
pensarque era respetada por aquel libertino. Trajo a su memoria,
aquella bellafisonomía cansada y altanera, aquellos ojos
penetrantes, sus mejillaslimpias y sus largos bigotes caídos a lo
tártaro. Sonriose a la idea detomar a aquel personaje, terror de
las jóvenes, bajo su protecciónmaternal; pero acabó por decirse
que nunca se atrevería a hacerlo.
Entregada estaba a estas reflexiones, alisando con su blanca
mano lasgrandes orejas de Toby, cuando la puerta dio paso a la
bella presenciay a las patillas azulejas del señor de Monthélin.
El joven Toby que no había visto todavía al tiburón de los
salones,porque el señor de Monthélin no iba a casa de la señora
de Lerne, letomó seguramente por un malhechor, y sin embargo,
le demostró que no letemía. Bajose de las rodillas de su señora,
Remove