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Historia de una Parisiense

maestro, quien por su solo contacto y la pureza de supropia
inspiración, hizo de ella una criatura tan sana como ella misma.
A los méritos que acabamos de indicar, la señorita de Latour-
Mesnilhabía tenido el talento de añadir otro, de cuya influencia
no es dado ala naturaleza humana libertarse: era
extremadamente linda; tenía eltalle y la gracia de una ninfa, con
una fisonomía un poco selvática ypudores de niña. Su
superioridad, de la que se daba alguna cuenta, laturbaba;
sentíase a la vez orgullosa y tímida. En sus conversaciones
asolas con su madre, era expansiva, entusiasta, y hasta un
pococharlatana: en público permanecía inmóvil y silenciosa,
como una bellaflor; pero sus magníficos ojos hablaban por ella.
Después de haber llevado a cabo con ayuda de Dios aquella
obraencantadora, la marquesa habría deseado descansar, y
ciertamente quetenía derecho a hacerlo. Pero el descanso no se
hizo para las madres, yla marquesa no tardó en verse agitada por
un estado febril quecomprenderán muchas de nuestras lectoras.
Juana Berengére, habíacumplido ya diez y nueve años y tenía
que buscarle un marido. Es ésta,sin contradicción, una hora
solemne para las madres. Que se sientan muyconturbadas no nos
extraña; extrañaríamos que no lo estuvieran aún más.Pero si
alguna madre debió sentir en aquellos momentos críticos
mortalesangustias, es aquella que, como la señora de Latour-
Mesnil, había tenidola virtud de educar bien a su hija; aquella en
que, modelando con susmanos puras a aquella joven había
conseguido pulir, purificar yespiritualizar sus instintos. Esa
madre tiene que decirse, que unacriatura así dirigida y tan
perfecta, está separada de ciertos hombresque frecuentan
nuestras calles y aún nuestros salones, por un abismointelectual
y moral tan profundo como el que la separa de un negro
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