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Historia de una Parisiense

persuadirse de que tales homenajes seanconsagrados a una
divinidad vulgar, que tan magníficos altares selevanten de siglos
en siglos a un ídolo de barro. El amor sigue siendo,por
consiguiente, a pesar de todo y por todo, la principal ocupación
delpensamiento, y la perpetua obsesión del corazón. Sabe que
existe, queotros lo han conocido, y se resigna difícilmente a
vivir y morir sinconocerlo ella también.
Es seguramente un peligro para una mujer, el conservar y
nutrir, despuésde las decepciones del matrimonio, el ideal de un
amor desconocido; perohay un peligro aún mayor para ella, y es
perderlo.
Por esa época, madama de Maurescamp se ligó con una
estrecha amistad conmadama de Hermany, dos años mayor que
ella. La amistad es la tendencianatural de una mujer honesta,
que quiere seguir siéndolo, y que sienteel vacío de su corazón.
Por mucho que se vanagloriase de suindependencia conquistada,
Juana de Maurescamp sólo tenía veinticuatroaños, y su misma
rectitud la hacía mirar con horror la larga perspectivade soledad
y abandono que se extendía ante ella. Ni su madre, a
quienocultaba su pena por temor de que viera en ello un
reproche, ni su hijo,demasiado niño para poderla ocupar mucho
tiempo, ni su fe desvirtuadapor la indiferencia irónica de la
gente, nada era bastante a su inmensanecesidad de confianza,
expansión y sostén. Abandonose, pues, con todoel ardor de su
alma, un poco exaltada, a aquel sentimiento que creyó lesirviese
desconsuelo y a la vez de salvaguardia.
La señora de Hermany, a quien honraba con su amistad, era
entonces,como lo es todavía, una mujer sumamente seductora.
Pertenecía a lavariedad rara y exquisita de las rubias trágicas;
sin ser muy alta,imponía por la perfección de su belleza, por el
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