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Historia de una Parisiense

muchas veces a acordarse deque era cristiana, es decir, que
pertenecía a una religión que ama laspruebas y el sacrificio.
No por eso dejó de ser feliz ante un acontecimiento muy
previsto quetuvo lugar dos años después de su casamiento, y que
prometiéndole ungrato consuelo, asegurábale en su hogar una
independencia y una soledadrelativas. El nacimiento de un hijo
vino pronto a darle el único gocepuro que experimentara desde
el día de su enlace: única felicidad, enefecto, que realizan en el
matrimonio los goces prometidos.
Como se comprende, ella quiso criar a su hijo; llenaba aquel
deber contanto más placer, cuanto que le permitía ganar tiempo
y prolongarrespecto de su marido una situación con la que se
avenía perfectamente.Pero llegó al fin el momento en que el
niño debía ser despechado. Fuepor ese tiempo que el señor de
Maurescamp tuvo una noche la sorpresa dever a su mujer bajar
al comedor con su cabeza adornada a la Tito;habíase hecho
cortar sus magníficos cabellos con el pretexto de que sele caían,
y esto, no era cierto; pero esperaba que aquel pequeñosacrificio,
afeándola, le evitaría otros más penosos. Había contado sinla
huéspeda. Su esposo halló, por el contrario, que aquel adorno
desoldadito, le sentaba muy bien dándole cierto aire original. La
pobremujer no sacó sus gastos y se resignó a dejarse crecer el
cabellonuevamente.
Sin embargo, la libertad a que aspiraba en el secreto de su
corazóndebía venirle, por decirlo así, de sí misma, y del lado por
donde menosla esperaba.
Una criatura tan noble y tan atractiva como ella, debía inspirar,
asícomo sentir, la más profunda, ardiente y duradera de las
pasiones: eradigna de ocupar un lugar entre los amantes
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