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Historia de una Parisiense

instalarse por aquélla noche en el hotel máspróximo a la
Venerie. Siendo inevitable un duelo, dos oficiales de
suregimiento, que habían asistido también a la comida, se
pusieroninmediatamente de acuerdo con los señores de
Hermany y de la Jardye,que debían ser nuevamente los padrinos
del barón. No volveremos afatigar a nuestros lectores con los
detalles de los preparativos que sehicieron entre los padrinos de
ambos rivales. Se comprende que no setrató de ninguna clase de
arreglo; en cuanto a la elección de las armas,claro está que el
señor de Maurescamp, después de lo que había pasado enlas
diferentes ocasiones que habían tirado el florete con de
Sontis,habría preferido la pistola; pero si el acto de tan mal
gusto deloficial, de aceptar la oferta de la señora de
Maurescamp, habíale dadoal marido el papel de ofendido, éste
había perdido su derecho, dejándosellevar de otro más
sangriento. Por otra parte, el orgullo del señor deMaurescamp,
inspirándole bien, le hizo aceptar la espada sintrepidación,
cualesquiera que fuesen las consecuencias.
Fue resuelto que el encuentro se verificase a la mañana
siguiente a lasdiez, en un claro del bosque de Marnes, contiguo
a la Venerie, porque nopareció conveniente hacerlo en los
mismos dominios del barón deMaurescamp.
Poco sueño tenían los del castillo aquella noche. Los
extrañoscelebraban en su aposento sus conciliábulos animados;
transmitíanse lasopiniones de una pieza a otra. Los hombres
discutían lo tocante alhonor; las mujeres, excitadas y nerviosas,
peroraban a media voz,enjugaban algunas lágrimas, y en su
interior estaban contentísimas. Esinútil decir que el personal de
la servidumbre estaba conmovido bajo lasmismas emociones; es
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