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Historia de una Parisiense

Quedaríanse, pues, todos reunidos y permitiría fumar a los
hombres. Taldeclaración fue aplaudida por todos los
convidados.
Sirviose el café y circularon los cigarros.
Juana anunció que quería fumar, y tomó un cigarro para
ensayarse.
—Le va a hacer mal—exclamó el señor de Maurescamp;—
tomad uncigarrillo.
—No, no, quiero un cigarro—dijo la joven cuyos ojos estaban
algoempañados.
El señor de Maurescamp se encogió de hombros y quedó
callado.
Juana encendió en un fósforo su cigarro y se puso a fumar con
el mayoraplomo en medio de las aclamaciones de los asistentes.
Al cabo de algunos instantes:
—Es verdad—dijo,—¡esto me hace mal!
Y, volviéndose al capitán que estaba a su derecha, y
quitándose elcigarro húmedo de sus labios:
—Tome—le dijo,—acábelo usted.
Aquel movimiento, aquellas sencillas palabras, pareció que
habíanpetrificado a aquellos veinte convidados, tan animados y
bulliciosos unmomento antes. El silencio que se produjo fue tal,
que podía oírse fuerade la sala, que parecía desierta, el
murmullo del viento entre lasramas.
Todas las miradas, que primeramente se habían fijado en
Juana,volviéronse a su marido, sentado frente a ella.
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