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Hay un Lobo Muerto en Mi Orilla

CAPÍTULO I . AQUEL DOMINGO
Hace muchos años, había una quinta ...
Lo supe ese mismo día. Y se cumplían dos largas horas ya,
deslizándonos aún por la carretera, indagando su ubicación.
Íbamos faltos de datos: un apellido polaco que hacíamos resonar por
aproximación, una quinta que podía ya no ser, un Stepan que tal vez estuviese
muerto.
Dudábamos además, que la familia hubiese abandonado el lugar. O tal
vez, la quimera fuera creer que aún permanecería allí.
La tarde se presentaba mágica. El otoño se derramaba sobre los
campos arados, los frutales, la tierra fértil. Un guiño cálido desde lo alto seguía
nuestras tribulaciones sin perder detalle.
Recorriendo Pajas Blancas yo me descubría turista en mi propia ciudad.
- Stepan compró esa quinta hace, ¡hace más de 50 años! La plantó toda toda
con árboles frutales -había aseverado Don Jacobo esa misma mañana,
regodeándose con orgullo ajeno- ¡Ooy, debe ser muuy rico!!
Stepan era uno de los cuatro compinches que partieron juntos desde
Polonia y arribaron al puerto de Montevideo, allá por el 29. A partir de
entonces, jugados ya sus exilios voluntarios, el único merecedor del recuerdo
del viejo había sido Stepan.
Una vez tan sólo había visitado la quinta de su amigo.
Y sólo una vez, había llegado Stepan hasta el pueblo, el día que
encontró a Don Jacobo vendiendo cotín en la tienda. Fue recibido con gozo y
una invitación a pasar a las casa, a esperarlo allí, algunos minutos. Pero
Stepan tuvo la deferencia de quedarse a medio camino, en el patio rodeado de
magnolias. Había abierto sobre el brocal del pozo, el lechón que trajo consigo
para el almuerzo. Él y su mujer daban cuenta de su manjar, de prisa. Sabían
que en la casa de un judío el cerdo está prohibido.
Habían transcurrido treintaicinco años.
Y esta mañana, precisamente esta mañana, mi padre político despertó
soltando con su vozarrón, el ansia imperiosa de volver a ver al amigo. El deseo
se abría paso como un torrente retenido que desbordaba al fin, arrastrándonos
en la correntada.
A medida que nos íbamos acercando, la impaciencia del viejo crecía.
Creía ver la casa por doquier y en su precipitación, ésta lo sobresaltaba al
aparecer y desvanecerse como una alucinación.
Encabezando aquella desusada excursión David y yo vacilábamos sin
alternativa, entre instrucciones ambiguas y contradictorias con las que
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