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Germana

cumplidamente a su comandante. La Náyade noizó el pabellón imperial hasta después
de haber castigadoimplacablemente al mandarín gobernador y a todos los que se
habíanreunido alrededor de su persona. A la hora en que le escribimos, señora,ya no
existe la ciudad llamada Ky-Tcheou; no queda en su lugar más queun montón de
cenizas que podría ser llamado la tumba del comandanteChermidy.
»Reciba usted, señora, el homenaje de los sentimientos de la másprofunda simpatía,
y reconózcanos como sus más humildes y fielesservidores. (Siguen las firmas.
X
LA CRISIS
La época más dichosa en la vida de una joven es el año que precede a
sumatrimonio. Toda mujer que quiera pasar revista a sus recuerdos seacordará con un
sentimiento de pesar de aquel invierno bendito entretodos, en que su elección ya
estaba hecha, pero ignorada de los demás.Una multitud de pretendientes tímidos e
indecisos se mostrabanobsequiosos a su alrededor, se disputaban su ramo o su abanico
y laenvolvían en una atmósfera de amor, que ella respiraba con embriaguez.Ella ya
había distinguido entre todos al hombre del cual quería ser,pero no le había prometido
nada y experimentaba una cierta alegría entratarle como a los demás y en ocultarle su
preferencia. Se divertía enhacerle dudar de su dicha, en llevarle de la esperanza al
temor, ensometerle todos los días a una prueba. Pero en el fondo de su corazón,le
inmolaba todos su rivales y depositaba a sus pies todos loshomenajes que fingía
acoger. Se prometía recompensar espléndidamentetanta perseverancia y resignación,
y sobre todo saboreaba el placer,eminentemente femenino, de mandar a todos y de no
obedecer más que a unosolo.
Este período triunfal había faltado en la vida de Germana. El año queprecedió a su
matrimonio había sido el más triste y el más miserable desu pobre juventud. Pero el
año que siguió la indemnizó en parte. Vivíaen Corfú en un círculo de admiradores
apasionados. Todos los que larodeaban, viejos y jóvenes, experimentaban por ella un
sentimiento muyparecido al amor. Llevaba impreso sobre su hermosa frente ese signo
demelancolía que demuestra que una mujer no es dichosa. Es un atractivoque pocos
hombres resisten. Los más atrevidos temen ofrecerse a la queparece no carecer de
nada, pero la tristeza enardece a los tímidos. Nofaltaban, ciertamente, médicos a
aquella alma afligida. El jovenDandolo, uno de los hombres más brillantes de las siete
islas, laasediaba con sus cuidados, la deslumbraba con su talento y le imponía
suamistad soberbia con la autoridad del que siempre ha triunfado. Gastónde Vitré
paseaba alrededor de ella una solicitud inquieta. El hermosojoven se sentía nacer a
una nueva vida. No había cambiado nada en suscostumbres, y sus ocupaciones y sus
placeres marchaban al mismo paso queantes, pero cuando leía cerca de su madre, veía
más allá de las páginasdel libro; se detenía como deslumbrado en medio de la lectura;
 
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