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Germana

al señor Mateo Mantoux, en casa del señor conde de Villanera, VillaDandolo, en
Corfú
«Sin fecha.
»Tú no me conoces, y yo en cambio te conozco como si te hubieseinventado. Eres
un antiguo pensionista del Gobierno en la escuela navalde Tolón; allí es donde te vi
por primera vez. Más tarde te encontré enCorbeil; no era tu posición muy brillante y
la policía tenía fijos losojos en ti. Tuviste la suerte de caer sobre una estúpida
parisiense quete procuró una buena colocación con la esperanza de una pensión.
Laseñora de la calle del Circo y su camarera te tienen por un inocente; sedice que tus
señores te distinguen con su confianza. Si la enferma quecuidas hubiera tomado soleta
para el otro mundo, serías rico,considerado, y vivirías como un burgués allí donde
mejor te pluguiese.Desgraciadamente no se ha decidido, y a ti no se te ha ocurrido
hacernada para decidirla. Peor para ti; seguirás llamándote Poca Suerte. Elcomisario
de policía de Corbeil te busca. Está sobre tu pista. Si notomas las medidas
convenientes, darán contigo ahí. Por mi parte, yo quete escribo, te he encontrado. ¿Te
gustaría ir a coger pimienta a Cayena?¡Pues trabaja, holgazán! Tienes la fortuna en la
mano tan cierto como mellamo... Pero no hay necesidad de que sepas mi nombre. No
soy niRabichon, ni Lebrasseur, ni Chassepie. Abrigo la esperanza de que
sabráscomprender lo que te conviene.
»Tu amigo
»X. Y. Z.»
La señora Chermidy al doctor Le Bris
«París, 13 de agosto de 1853.
»Llave de los corazones, mi estimado amigo, he aquí una grande ymagnífica
noticia. Mme. de Sevigné se la haría esperar durante dospáginas; yo voy más pronto
al grano y se la espeto en seguida. ¡Soyviuda, amigo mío; viuda sin apelación; viuda
en última instancia, comosi el notario lo hubiese rubricado! He recibido la noticia
oficial, elacta de defunción, el pésame del ministerio de Marina, el sable y
lascharreteras del difunto y una pensión de 750 francos para que puedaponer coche en
los días de mi vejez. ¡Viuda, viuda, viuda! No haypalabra más bonita en la lengua
francesa. Me he vestido de negro; mepaseo a pie por las calles, y siento un gran deseo
de detener a lostranseúntes para hacerles saber que soy viuda.
»En esta ocasión he comprendido que no soy una mujer vulgar. Conozco másde una
que habría llorado por debilidad humana y para darle una pequeñasatisfacción a sus
nervios; yo, he reído como una loca. Ya no hayChermidy; Chermidy no existe, y
tenemos derecho a decir ya el difuntoChermidy.
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