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Germana

la que sería rico con 1.200 francos de renta.Se enteró también de que la justicia
inglesa era severa, pero que conuna buena lancha y dos remos se podía escapar a la
persecución de laley. Bastaba poner el pie en Turquía; el continente estaba a
algunasmillas de allí, ¡se le veía, se le tocaba casi! Supo, por fin, donde sepodía
adquirir arsénico a un precio módico.
Hacia los últimos días de julio, oyó afirmar a muchas personas que lajoven condesa
estaba en vías de curación. Se aseguró por sus propiosojos y vio que, efectivamente,
estaría restablecida de un día a otro.Todas las noches al llevarle un vaso de agua
azucarada podía observar,junto con el señor Le Bris, cómo disminuían la tos y la
fiebre. Un díaasistió al acto de desembalar una caja mucho mejor cerrada que la que
élhabía traído de París. De ella vio salir un lindo aparato de cobre y decristal, una
pequeña máquina muy sencilla, y tan sugestiva, que al verlasentía uno no ser tísico. El
doctor se apresuró a montarla, y dijo,mirándola con ternura: «¡He aquí, tal vez, la
salvación de la condesa!»
Estas palabras fueron tanto más penosas para Mantoux, cuanto que acababade echar
el ojo a una pequeña propiedad, con sus árboles y su casa parael dueño, el nido que
podía apetecer una familia honrada. Entonces se leocurrió la idea de hacer añicos
aquel aparato de destrucción queamenazaba su fortuna. Pero no tardó en comprender
que le pondrían a lapuerta y que no sólo perdería su pensión, sino también su
sueldo.Resignose, pues, a ser un buen criado.
Por desgracia, sus camaradas hacían ya comentarios sobre el régimenvegetariano a
que se había sometido. La señora de Villanera entró enalarma, se informó de todo y
decidió que era un judío incorregible,relapso y todo lo demás por añadidura. Le
preguntó si le convenía buscaruna plaza en Corfú, o bien prefería regresar a Francia.
El desgraciadogimió, pidió gracia y recurrió a la intervención caritativa de la
buenaGermana, pero la señora de Villanera se mostró inexorable. Todo lo quepudo
obtener es que continuaría allí hasta la llegada de su substituto.
Le quedaba un mes por delante: he aquí cómo lo aprovechó. Compró
algunosgramos de ácido arsenioso que guardó en su habitación. Cogió una pizca,la
cantidad necesaria para matar a dos hombres, y la disolvió en un vasode agua. Colocó
el vaso en la alacena, sobre una tabla muy alta a lacual no se podía llegar sino
subiéndose a una silla; y, sin perdertiempo, echó algunas gotas de aquel líquido
envenenado en el agua de laenferma, después de prometerse repetir las operación
todos los días,matar lentamente a su ama y merecer, a pesar del pequeño aparato,
losbeneficios de la señora Chermidy.
IX
CARTAS DE CHINA Y DE PARÍS
 
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