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Germana

nauseabundos cigarrosse escaparon tímidamente de no sé qué receptáculo invisible
yencontraron gracia ante Germana, lo que dio a comprender que seencontraba mucho
mejor.
Fue por aquella época cuando el elegido por la señora Chermidy, Mantoux,llamado
Poca Suerte, tomó el partido de envenenar a su ama.
Hay siempre algo de bueno en el hombre más vicioso y yo debo confesarque por
espacio de dos meses fue un criado excelente. Cuando el duque,que ignoraba su
historia, le hizo dar un pasaporte a nombre de Mateo,atravesó la frontera con alegría y
reconocimiento. Quizá pensaba debuena fe, como el criado de Tucaret, en ser el
tronco de hombreshonrados. La dulzura de Germana, el encanto que ejercía sobre
todos losque la rodeaban, lo bien que pagaba a los que la servían y la pocaesperanza
que se tenía de salvarla, inspiraron buenos sentimientos aaquel criado de contrabando.
Sabía mucho mejor descerrajar una puertaque preparar un vaso de agua azucarada,
pero se esforzó en no parecer unnovicio y lo consiguió. Pertenecía a una raza
inteligente, apta paratodo, hábil en todos los oficios y en todas las artes. Se aplicó
tanbien, hizo tales progresos y aprendió tan pronto su obligación, que susamos
estaban muy contentos de él.
La señora Chermidy le había recomendado que ocultase su religión y aunque
renegase de ella si le interrogaban. Conocía la fama de intolerantesque tienen los
españoles para con los israelitas. Desgraciadamente aquelhonrado hombre forrado de
nuevo no podía ocultar su cara. La señora deVillanera sospechó que, por lo menos,
era un hebreo convertido. Porque,como buena española, hacía poca diferencia entre
los convertidos y losobstinados[F]. Era la mejor mujer del mundo, pero los hubiera
enviado atodos a la hoguera, segura de que los doce apóstoles hubieran hecho
otrotanto.
Mantoux, que había transigido más de una vez con su conciencia, no
hizoescrúpulos al acto de renegar de la religión de sus padres. Pero, poruna de esas
contradicciones tan frecuentes en los hombres, no se decidiónunca a comer los
mismos alimentos que sus camaradas. Sin hacer alardede ello, se dedicó a las
legumbres, a las frutas y a las herbáceas,viviendo como un vegetariano, un pitagórico.
Se consolaba de esterégimen cuando se le enviaba con alguna comisión a la ciudad.
Entoncescorría en derechura al barrio judío, fraternizaba con sus compatriotas,hablaba
con ellos esa jerga semihebraica que sirve de lazo de unión a lagran nación dispersa, y
comía carne kaucher, es decir, matada por elsacrificador, según los preceptos de la
ley. Era un consuelo queseguramente le habría faltado durante el tiempo que estuvo
en presidio.
Hablando con sus correligionarios, se enteró de muchas cosas; supo queCorfú era
un excelente país, una verdadera tierra de promisión en la quese vivía muy barato y en
 
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