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Germana

pulmones,acostumbraban a los órganos más delicados a la presencia de un
cuerpoextraño y preparaban al enfermo para aspirar el yodo puro a través delos tubos
del aparato. Por desgracia, el aparato llegó destrozado,aunque hubiese sido embalado
por el mismo duque y conducido con losmayores cuidados por el nuevo doméstico.
Era necesario pedir otro, yesto requería tiempo.
Al cabo de un mes de aquel tratamiento anodino, Germana experimentaba yauna
mejoría sensible. Estaba menos débil durante el día; soportaba mejorlas fatigas de un
largo paseo y cada vez acudía con menos frecuencia asu cama de reposo. Su apetito
era más vivo, y sobre todo más constante;ya no rechazaba los alimentos casi sin
haberlos probado. Comía, digeríay dormía bastante bien. La fiebre de la caída de la
tarde habíadisminuido; los sudores que inundan por las noches a los tísicos, noeran
tan abundantes.
El corazón de la enferma no tardó también en entrar en convalecencia.
Sudesesperación, su humor huraño y el odio a los que la amaban, cedieronla plaza a
una melancolía dulce y benévola. Se consideraba tan dichosaal sentirse renacer, que
hubiera querido dar las gracias al cielo y a latierra.
Los convalecientes son niños grandes que se asen, por miedo de caer, atodo lo que
les rodea. Germana retenía a sus amigos a su lado; temía ala soledad; quería ser
tranquilizada a todas horas; continuamente decíaa la condesa: «¿Verdad que estoy
mejor?» Y luego, en voz más baja,añadía: «¿Me moriré?» La condesa le respondía
riendo: «Si la muerteviniese por usted yo le enseñaría mi cara y ya tendría buen
cuidado deescaparse.» La condesa estaba orgullosa de su fealdad, como las
otrasmujeres lo están de su belleza. La coquetería es infinita.
Don Diego esperaba pacientemente que Germana le comprendiese. Erademasiado
delicado y demasiado orgulloso para importunarla con suscumplimientos, pero
siempre estaba dispuesto a dar el primer paso cuandoella le llamase con la mirada.
Para la joven se había hecho ya una dulcecostumbre el espectáculo de aquella amistad
discreta y silenciosa. Elconde tenía en su fealdad algo de heroico y de grande que las
mujeresaprecian más que la hermosura. No era de aquellos que hacen conquistas,pero
sí de los que inspiran pasiones. Su larga cara cetrina, sus grandesmanos bronceadas
contrastaban con cierta brillantez con su traje blanco.Sus grandes ojos negros dejaban
escapar relámpagos de dulzura y debondad; su voz fuerte y metálica adquiría a veces
inflexiones suaves.Germana acabó por encontrar un parecido entre aquel grande de
España yun león amansado.
Cuando se paseaba por el jardín bajo los viejos naranjos, apoyada en elbrazo de la
vieja o arrastrando al pequeño Gómez, el conde la seguía delejos, sin afectación, con
un libro en la mano. No adoptaba los airesmelancólicos de un enamorado, ni confiaba
sus suspiros al viento. Másbien se le hubiera tomado por un padre indulgente que
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