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Germana

—No lo he dicho, señora, pero estoy dispuesto a hacerlo. Es elcurare. Se vende en
Africa, en las montañas de la Luna. El comerciantees antropófago.
La señora Chermidy dejó a un lado sus venenos para dedicarse a susinvitados. El
doctor guardó cuidadosamente el depósito terrible que todomédico lleva consigo. Pero
el duque quedó muy bien impresionado de laatención y del interés de Mantoux. Desde
entonces quedaba al servicio desu hija.
VIII
LOS BUENOS TIEMPOS
Cuando se lee una historia de la Revolución francesa se sorprende unograndemente
al encontrar meses enteros de paz profunda y de dichacompleta. Las pasiones están
adormecidas, los odios descansan, lostemores desaparecen, los partidos rivales
marchan como hermanos cogidosde la mano, los enemigos se besan en la plaza
pública. Esos hermososdías son como un alto preparado de etapa en etapa en un
caminosangriento.
Altos parecidos se encuentran en la vida más agitada y más desgraciada.Las
revoluciones del alma y del cuerpo, las pasiones y las enfermedadestambién necesitan
algunos instantes de reposo. El hombre es un ser tandébil que no puede obrar ni sufrir
continuamente. Si no se detuviese decuando en cuando, pronto agotaría sus fuerzas.
El verano de 1853 fue para Germana uno de esos momentos de reposo quetanto
convienen a la debilidad humana. Y a fe que se aprovechó de ello;se recreó en su
dicha y adquirió algunas fuerzas para las pruebas porque aun tenía que pasar.
El clima de las islas Jónicas es de una dulzura y una regularidad sinigual. Allí el
invierno no es otra cosa que la transición del otoño a laprimavera; los veranos son de
una serenidad fatigosa. De cuando encuando se ve una nube pasajera sobre las siete
islas, pero no se detienenunca. Se pasan hasta tres meses esperando una gota de agua.
En aquelárido paraíso no se dice: Aburrido como la lluvia, sino: Aburrido comoel
buen tiempo.
El buen tiempo no aburría a Germana; la curaba lentamente. El señor LeBris asistía
a aquel milagro del cielo azul; dejaba obrar a laNaturaleza y seguía con un interés
apasionado la acción lenta de unpoder superior al suyo. Era demasiado modesto para
atribuirse el honorde la cura, y confesaba ingenuamente que la única medicina
infalible esla que viene de lo alto.
No obstante, para merecer la ayuda del Cielo, él también ayudaba unpoco. Había
recibido de París el yodómetro del doctor Chartroule con unaprovisión de cigarrillos
yodados. Estos cigarrillos, compuestos dehierbas aromáticas y de plantas calmantes
en infusión con una disoluciónde yodo, haciendo llegar el medicamento hasta los
 
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