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Germana

—¡Ay señora!—contestó—. Estamos en plena decadencia. No es difícilmatar a las
gentes: un pistoletazo basta y sobra para ello. Pero setrata de matar sin que queden
vestigios. El veneno no es bueno para otracosa y ésa es la única ventaja sobre la
pistola. Desgraciadamente, en elmismo instante en que sale un tóxico nuevo, se
descubre un medio decomprobar su presencia. El demonio del bien tiene las alas tan
poderosascomo el genio del mal. El arsénico es un buen obrero, pero ahí está
elaparato de March para vigilar la obra. La nicotina no es una tontería,la estricnina
también es un buen producto; pero el señor magistrado sabetan bien como yo que la
estricnina y la nicotina han encontrado ya susfiscales, es decir, sus reactivos. Se ha
adoptado el fósforo con unfundamento de razón, apoyándose en lo siguiente: «El
cuerpo humanocontiene fósforo en cantidad apreciable; si el análisis químico
lodescubre en el cuerpo de la víctima, se podrá decir que es laNaturaleza quien lo ha
puesto allí»; pero ¡ay! no nos ha costado tampocomucho trabajo demostrar la
diferencia entre el fósforo natural y elingerido. No es, pues, difícil matar a una
persona, pero es casiimposible hacerlo impunemente. Yo podría indicar a usted el
medio deenvenenar a veinticinco personas a la vez, en una habitación cerrada,sin
darles ningún brebaje. El ensayo no costaría ni dos reales, pero alasesino le costaría la
cabeza. Un químico de mucho talento ha inventadorecientemente una composición
sutil que también tiene su encanto.Rompiendo el tubo que la contiene, las gentes
caerían como moscas, perono se podría convencer a nadie de que la muerte había sido
natural.
—Doctor—preguntó la señora Chermidy—, ¿qué es el ácido prúsico?
—El ácido prúsico o cianhídrico, señora, es un veneno muy difícil defabricar,
imposible de adquirir, imposible de conservar puro, aun enrecipientes negros.
—¿Y deja trazas?
—¡Magníficas! Tiñe a las gentes de azul; así es cómo se ha descubiertoel azul de
Prusia.
—Usted se burla de nosotros, doctor. Usted no tiene respeto ni poraquello que hay
de más sagrado en el mundo: la curiosidad de una mujer.Me han hablado de un
veneno de Africa o de América que mata a loshombres con la cantidad que cabe en
una punta de alfiler. ¿Es unainvención de los novelistas?
—No, es una invención de los salvajes. Se unta con él la punta de lasflechas. Lindo
veneno, señora; no hace languidecer a sus víctimas; es elrayo en miniatura. Lo más
curioso es que se le puede comer impunemente.Los salvajes lo emplean en las salsas y
en los combates, en la guerra yen la cocina.
—Acaba usted de decir su nombre y ya no me acuerdo.
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