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Germana

—Eso no es fácil en París.
—Hablaré al mayordomo de mi amigo Sanglié.
—¿Quiere usted que yo, por mi parte, le ayude también? Le Tas[E]tiene siempre
media docena de criados en la manga; es una verdaderaagencia de colocaciones.
—Si le Tas tiene algún protegido que establecer, le tomaré de muybuena gana. Pero
tenga usted en cuenta que lo que necesitamos es unhombre de confianza, un
enfermero.
Le Tas debe tener enfermeros; tiene de todo.
Le Tas era la doncella de la señora Chermidy. No se la veía nunca enel salón, ni
siquiera por casualidad; pero los amigos íntimos de la casase sentían muy honrados de
entablar conocimiento con ella. Era unadoméstica con sus 120 kilos de peso,
compatriota y hasta algo parientede la dueña de la casa. Se llamaba Honorina
Lavenaze, como su ama; perosu deformidad hacía que todo el mundo la conociera por
le Tas. Aquelfenómeno viviente, aquel montón de grasa, aquel paquidermo
femenino,había seguido durante quince años a la señora Chermidy en la buena y enla
adversa fortuna. Había sido la cómplice de sus progresos, laconfidente de sus
pecados, la encubridora de sus millones. Sentada en unrincón del fuego, como un
monstruo familiar, leía en las cartas elporvenir de mamá; la prometía el reino de París,
como una bruja deShakespeare; la animaba en sus desfallecimientos, consolaba
susdisgustos, arrancaba sus cabellos blancos y la servía con una devocióncanina. No
había ganado nada a su servicio, ni rentas del Estado, nilibreta en la Caja de ahorros, y
no quería nada para sí. Tenía diez añosmás que la señora Chermidy, y esto, así como
su obesidad enfermiza, ledaba la seguridad de morir antes que ella y, desde luego, en
su casa; nose despide a un servidor que pueda llevarse nuestros secretos.
Mientraspudiese satisfacer sus necesidades, le Tas no tenía ni ambición, nicodicia, ni
vanidad personal; se consideraba rica, brillante ytriunfante en la persona de su bella
prima. Aquellas dos mujeres,estrechamente unidas por una amistad de quince años,
formaban un soloindividuo. Era una cabeza con dos caras, como la máscara de los
cómicosde la antigüedad. De un lado, sonreía al amor, del otro hacía muecas
alcrimen. La una se mostraba porque era hermosa; la otra se ocultabaporque hubiera
causado horror.
La señora Chermidy prometió al duque ocuparse en su asunto. Aquel mismodía,
efectivamente, habló con le Tas acerca del criado que se podríaenviar a Corfú.
La linda arlesiana estaba bien decidida a cortar en flor la curación deGermana, pero
era demasiado prudente para emprender nada por su cuenta yriesgo. Sabía que un
crimen es siempre una torpeza y su situación eramuy envidiable para que se expusiera
a perderla en un mal negocio.
 
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