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Germana

Japón. El otro es un enorme bosque de naranjos, dehigueras, de limoneros, de áloes,
de chumberas y de parras gigantescasque lo invaden todo, que trepan a todos los
árboles y se encaraman en lomás alto. El señor de Villanera decía ayer que la vid es la
cabra delreino vegetal. Es muy hermoso, mi pobre mamá, correr de un lado a otro,ir a
todas partes con completa libertad. Yo nunca había gozado desemejante dicha. ¡Pero
si viviese!...
»Comienzo ya a pasear valientemente por las alamedas. Hasta hace ochodías eran
impracticables, porque el jardinero del conde Dandolo es unromántico puro,
enamorado del hermoso desorden y de las graciasmelenudas. Hemos cortado los
árboles a hachazos, ni más ni menos que enuna selva virgen. He pedido clemencia
para los naranjos, porque ya sabráusted que me he reconciliado con el olor de las
flores. Sin embargo, nome las ponen en la habitación; sólo las tolero al aire libre. El
perfumeque las flores cortadas exhalan en un lugar cerrado me sube al cerebrocomo
un olor de muerte, y esto me entristece. Pero cuando las plantasflorecen al sol, bajo la
brisa del mar, yo me regocijo con ellas, tomoparte en su dicha y se me ensancha el
corazón. ¡Qué hermosa es latierra! ¡Y qué feliz todo el que vive! ¡Sería muy triste
abandonar estemundo delicioso que Dios ha creado para el placer del hombre! Y,
sinembargo, hay gentes que se matan. ¡Qué locos!
»Decían en París que yo no vería brotar las hojas. No me hubieraconsolado de
morir tan pronto, sin haber podido ver la primavera. Hanbrotado esas queridas hojas
de abril y yo estoy aquí para verlas. Lastoco, las huelo, las estrujo entre mis manos y
las digo: «Aun estoyentre vosotras. Quizá me será dado ver el estío bajo vuestra
sombra. Sihemos de caer juntas, ¡ah! permaneced largo tiempo sobre esos
hermososárboles, asíos sólidamente a las ramas y vivid para que yo viva.»
»¿Habrá algo más alegre, más vivo, más variado que los brotes nuevos?Son blancos
en los álamos y en los sauces, rojos en los granados, rubioscomo mis cabellos en la
copa de las verdes encinas, de color violeta enlas ramas de los limoneros. ¿De qué
color serán dentro de seis meses? Nopensemos en eso. Los pajarillos hacen sus nidos
en los árboles; el marazul acaricia dulcemente la arena de la orilla; el sol generoso
depositasus bienhechores rayos sobre mis pobres manos pálidas y
enflaquecidas;siento circular en mis pulmones un aire dulce y penetrante como su
vozde usted, mi buena mamá. Hay instantes en que me figuro que ese buensol, esos
árboles en flor, esos pájaros que cantan, son otros tantosamigos que piden gracia para
mí y que no me dejarán morir. Quisieratener amigos en toda la tierra, interesar a la
Naturaleza entera en misuerte, emocionar hasta a las mismas piedras y que de los
cuatro puntosdel mundo se elevase al cielo una tal lamentación y una tal plegaria,que
Dios se conmoviese. El es bueno, es justo; yo no le he desobedecidojamás, nunca he
hecho mal a nadie. No le costaría gran trabajo dejarmevivir con los demás,
confundida entre la multitud de los seres querespiran. ¡Ocupo tan poco sitio! Y
además, no soy muy cara de mantener.
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