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Germana

La señora Chermidy colocó la inscripción de renta en un cajón y seguardó mucho
de venderla. Aquella mujer tenía el instinto de lo sólido ydesconfiaba juiciosamente
de la inestabilidad de las cosas humanas. Elduque fue, desde aquel momento, el
asociado de su hermosa amiga. Lequedaba el derecho de visitar su caja y encontró en
ella, hasta nuevaorden, tanto dinero como quiso. Esto es todo lo que pudo obtener
deaquella generosa y sonriente virtud. Honorina se ocupaba del viejo conuna ternura
minuciosa; le hizo abandonar el departamento que ocupaba; letransportó a los
Campos Elíseos con la duquesa y le compró muebles,cuidando de que no faltase nada
en la casa y preocupándose incluso delos gastos de la cocina. Hecho esto, se frotó las
manos y se dijoriendo:
—Ya tengo al enemigo bloqueado, y si nunca llegara a declararse laguerra, les
mataría de hambre sin piedad.
VI
CARTAS DE CORFÚ
El doctor Le Bris a la señora Chermidy.
«Corfú, 20 abril 1853.
»Apreciable señora: Yo no podía prever, el día que me despedí de usted,que nuestra
correspondencia sería tan larga. Don Diego tampoco loesperaba. Si yo hubiese podido
prevenirlo, no creo que él tomase laresolución heroica de privarse de sus cartas ni del
placer deescribirle. Pero todos los hombres están sujetos al error, sobre todolos
médicos. No enseñe usted esta frase a mis colegas.
»Hicimos un viaje bien tonto de Malta a Corfú, en un vapor muy sucio,cuya
chimenea humeaba horriblemente. Teníamos el viento de proa; lalluvia nos privaba
con frecuencia de subir al puente y la niebla invadíahasta nuestros camarotes. El
mareo no perdonó más que al niño y a laenferma; y es que hay estados de gracia para
los que entran en la viday para los que se disponen a abandonarla. Teníamos por toda
sociedad unafamilia inglesa que regresaba de las Indias: un coronel al servicio dela
compañía y sus dos hijas, amarillas como la piel de Rusia. Unicamenteel vino de
Burdeos gana con un viaje tan largo. Esas señoritas no noshonraron ni con una
palabra; lo que las excusa un poco es que no sabíanel francés. A la menor claridad
subían al puente con sus álbumes paradibujar unos paisajes que parecían plum-
puddings. Después de unaeterna travesía de cinco días, el vapor nos condujo por fin a
buenpuerto; no habíamos tenido siquiera la distracción de un naufragio. Elcamino de
la vida está empedrado de decepciones.
»Mientras nos proporcionamos una casa en el campo, nos hemos alojado enla
capital de la isla, en el hotel Victoria. Esperamos salir de aquí afines de semana, pero
no me atrevo a asegurar si lo haremos todos connuestras piernas. Mi pobre enferma
 
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