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Germana

malesque no veía tan de cerca. La imaginación nos hace sufrir tanto como lossentidos,
pero una desgracia que no vemos pierde algo de su crudeza. Sivemos aplastar un
hombre en la calle, experimentamos un dolor físico,como si las ruedas hubiesen
pasado por encima de nuestro cuerpo; elrelato de este suceso leído en un periódico no
hace más que rozarnuestra piel. La duquesa no podía estar tranquila ni ser feliz, pero
porlo menos escapó a la acción directa del peligro sobre su sistemanervioso. No es
que hubiese recobrado la calma, pero no vivía en laterrible ansiedad del que espera un
acontecimiento inevitable. No abríajamás sin temblar una carta de Italia, pero en el
intervalo de cadacorreo tenía instantes de reposo. A las vivas angustias que
latorturaban, sucedió un dolor sordo que la costumbre le hizo familiar.Experimentaba
el triste consuelo de un enfermo que del estado agudo pasaal estado crónico.
Un amigo del joven doctor la visitaba dos o tres veces por semana, perosu
verdadero médico continuaba siendo el señor Le Bris. Este le escribíaregularmente,
así como a la señora Chermidy, y aunque siempre habíaprocurado no mentir, las dos
correspondencias no se parecían mucho.Repetía a la pobre madre que Germana vivía,
que la enfermedad parecíahaberse detenido y que aquella dichosa suspensión de una
marcha fataldaba derecho a esperar un milagro. No se alababa de curarla y decía a
laseñora Chermidy que sólo Dios podía aplazar indefinidamente la viudez dedon
Diego. La ciencia era impotente para salvar a la joven condesa deVillanera. Vivía aún
y la enfermedad parecía haber hecho un alto, lomismo que un viajero descansa en una
posada para continuar con mayorvigor al día siguiente. Germana estaba siempre débil
durante el día,febril y agitada al aproximarse la noche. El sueño le negaba susfavores,
su apetito era caprichoso y rechazaba los platos con disgustodesde el momento que
los había probado. Su delgadez era espantosa y laseñora Chermidy hubiera tenido
sumo placer en verla. Se podía decir quedebajo de la piel límpida y transparente no
tenía más que huesos ytendones; los pómulos parecían salírsele de la cara.
¡Verdaderamente erapreciso que la señora Chermidy fuese muy impaciente para pedir
algo más!
El duque no sabía o no quería saber esto y ya había celebrado más de unavez la
curación de su hija. En la edad del juicio, aquel anciano, cuyoscabellos blancos
hubieran inspirado respeto si no se los tiñese,resistía mejor que un joven las fatigas
del placer. Se adivinabafácilmente que agotaría más pronto sus escudos que sus
necesidades y susfuerzas. Los hombres que han entrado tarde en la vida
encuentranreservas extraordinarias para sus últimos años.
Disponía de poco dinero efectivo, por muy millonario que fuese. Elprimer semestre
de sus rentas debía vencer el 22 de julio; mientrastanto, era preciso vivir de los 20.000
francos de la canastilla. Estoera bastante para los gastos de la casa y para las pequeñas
deudas queesperan menos que las grandes. Si la duquesa hubiese tenido a
sudisposición esta suma habría puesto la casa sobre un pie decente; peroel duque no
soltaba la llave de la caja, siempre que en ella hubiesedinero. Pagó muy pocas deudas;
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