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Germana

tanto. Mi familia tiene muchavitalidad; será necesario que me mate. Usted tiene
derecho, ya lo sé;para eso le ha costado su dinero. Pero déjeme aún algunos días; ¡es
tanhermosa la luz! Me parece que respiro mejor.
Don Diego le cogió la mano; estaba ardiente.
—Germana—le dijo—, he comido con un joven inglés que ya le enseñarémañana.
Estaba más enfermo que usted, según asegura; el cielo de Corfúle ha curado. ¿Quiere
usted que nos marchemos a Corfú?
La joven se incorporó en la cama, le miró en los ojos y le dijo con unaemoción que
rayaba en el delirio:
—¿Dices la verdad?... ¿Puedo vivir aún?... ¿Volveré a ver a mi madre?¡Ah! si tú
me salvases, toda mi vida sería poca para pagar tanto bien.Te serviría como una
esclava, educaría a tu hijo y haría un grandehombre de él... ¡Desgraciada! no es para
eso para lo que tú me haselegido. Tú amas a esa mujer, la echas de menos, la escribes,
ansias elmomento de volver a verla, y todas las horas de mi vida son otros tantosrobos
que cometo...
Durante dos días, su mal pareció agravarse en aquella habitación delhotel y todos
creyeron que moriría sobre las ruinas de Pompeya. Noobstante, pudo levantarse en la
primera semana de abril. Conducida aNápoles, embarcó en un paquebot que partía
para Malta y desde allí unvapor del Lloyd inglés la transportó hasta el puerto de
Corfú.
V
EL DUQUE
El señor y la señora de La Tour de Embleuse se habían despedido de suhija en la
sacristía de Santo Tomás de Aquino. La duquesa lloró mucho;el duque tomó más
alegremente la separación, para tranquilizar a suesposa y a su hija; quizá también
porque no encontró lágrimas en susojos. En su fuero interno, él no creía en la muerte
de Germana. El solo,con la vieja condesa de Villanera, esperaba el milagro de la
curación.Aquel caballero servidor de la fortuna estaba firmemente convencido deque
una dicha nunca llega sola. Todo le parecía posible desde que habíavuelto a salir a
flote. Comenzó por predecir el restablecimiento de sumujer y no se equivocó.
La duquesa era de una constitución robusta, como toda su familia. Lasfatigas, las
noches sin dormir y las privaciones habían tomado una granparte en la enfermedad
crítica que la edad le había aportado. Añadid aesto las angustias continuas de una
madre que espera el último suspirode su hija. La señora de La Tour de Embleuse
sentía tanto o más losdolores de Germana que los suyos propios. Cuando se separó de
su queridaenferma, se repuso poco a poco y compartió menos penosamente los
 
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