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Germana

«Vamos más lejos, dice el otro, aquí hay moscas.» Le pasean asíhasta que ha
encontrado un lugar de su agrado y se decide generalmente ala puesta del sol.
Entonces se arrodilla, los dos vecinos sacan suscuchillos y le cortan tranquilamente la
cabeza. Pero tiene, por lomenos, el consuelo de morir en un terreno a su gusto. He
conocido enParís a una bailarina que se le había metido la misma idea en la cabeza.Se
había comprado un terreno en el Père-Lachaise e iba a visitarlo decuando en cuando,
cada vez con mayor placer. Los seis metros de supropiedad estaban en uno de los más
bellos rincones del cementerio,rodeado de monumentos burgueses y con vistas al
exterior. Pero suscompatriotas de usted son los que cometen mayores extravagancias.
Unoque encontré una vez quería ser enterrado en Etretat porque allí el airees más
puro, porque se ve el mar y porque nunca ha habido cólera. Mecontaron de otro que
compraba terrenos en todas las ciudades por dondepasaba. Desgraciadamente murió
en la travesía de Liverpool a Nueva Yorky el capitán le hizo arrojar al agua.
Don Diego y el doctor hubieran dejado muy a gusto de oír semejantediscurso e iban
a rogar a su vecino que cambiase de conversación,cuando el joven inglés tomó la
palabra.
—Pues yo, señor—dijo—, hace dos años estaba tan enfermo como esajoven que
hemos visto pasar. Los médicos de Londres y de París me habíanfirmado mi
pasaporte y yo buscaba también un sitio para morir. Lo elegíen las islas Jónicas, en la
parte meridional de Corfú. Me instalé allíesperando mi hora y me encontré bien, tan
bien, que la hora pasó.
El médico tomó la palabra con la desenvoltura que reina en las mesasredondas de
Italia:
—¿Usted ha estado tísico, señor?
—En tercer grado, si es que toda la Facultad no se burló de mí.
Citó los nombres de los médicos que lo habían visitado y condenado.Contó cómo
había acabado por cuidarse él mismo, sin nuevos remedios, enel campo, lejos del
bullicio, esperando la muerte, bajo el cielo deCorfú.
El señor Le Bris le pidió permiso para auscultarle, a lo que se negó élcon un terror
cómico. Le habían contado la historia del médico que matóa su enfermo para saber
cómo se había curado.
Una hora después el conde estaba sentado a la cabecera de Germana. Laenferma
tenía el rostro encendido y la palabra jadeante.
—Venga usted—dijo a su marido—. Tengo que hablarle seriamente. ¿No sefija
usted en que estoy mejor esta noche? Tal vez estoy en vías decuración. Su porvenir de
usted está comprometido. Le he hecho perder yatres meses; nadie esperaba que durase
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