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Germana

alrededor de la cama. Por primera vez,durante veinte años, se veía separada de su
madre. Había sidoreemplazada por la señora de Villanera, atenta a sus menores
deseos ymovimientos, pero que le daba miedo. En un ambiente tan
pocotranquilizador, la pobre niña no se atrevía ni a dormir ni a estardespierta. Cerraba
los ojos para no ver los tapices, pero no tardaba envolverlos a abrir, porque entonces
se le presentaban otras imágenes másespantosas. Creía ver a la muerte en persona, tal
como los imagineros dela Edad Media la habían representado en los misales.
—Si me duermo—pensaba—, nadie vendrá a despertarme; me han dejadoaquí para
que me muera.
Un gran reloj de Boule marcaba las horas sobre la chimenea. Los golpessecos del
péndulo, la regularidad inflexible del movimiento, lecrispaban los nervios: rogó a la
condesa que parase el reloj. Pero bienpronto el silencio le pareció más temible que el
ruido e hizo devolverla vida a la inocente máquina.
Hacia la mañana, la fatiga fue más fuerte que todas las preocupaciones.Germana
dejó caer sus pesados párpados, pero se despertó casi en el actoal ver que tenía las
manos cruzadas sobre el pecho. Ella sabía que enesta postura se enterraba a los
muertos. Sacó fuera de los cobertoressus bracitos descarnados y se cogió fuertemente
a la madera de la cama.La condesa se apoderó de su mano, la besó dulcemente y la
retuvo sobresus rodillas. Solamente entonces se tranquilizó la enferma y durmióhasta
entrado el día. Soñó que la condesa estaba de pie a su derecha,que tenía la figura de
un ángel y que le habían salido unas alasblancas. A su izquierda veía otra mujer, pero
no pudo reconocerla. Loúnico que pudo distinguir fue un velo de encaje, dos grandes
alas decachemira y dos garras de diamantes. El conde se paseaba con pasoagitado: iba
de una a otra mujer y les hablaba al oído. Finalmente, eltecho se abrió, descendiendo
un hermoso niño mofletudo, parecido a esosquerubines que guardan los tabernáculos
de las iglesias. El ángel volósonriendo hacia la enferma, ella abrió los brazos para
recibirlo y elmovimiento que hizo la despertó.
Al abrir los ojos, vio entrar a la vieja condesa con traje de viaje y aljoven Gómez
trotando a su lado. El niño sonrió instintivamente a aquellalinda muñeca blanca con
cabellos de oro, e hizo ademán de querer trepara la cama. Germana intentó ayudarle,
pero no era bastante fuerte. Lacondesa de la Villanera le levantó como una pluma y lo
arrojó suavementesobre los almohadones.
—Hija mía—le dijo con emoción mal contenida—, te presento al marquésde los
Montes de Hierro.
Germana cogió al niño por la cabeza y le besó dos o tres veces. Elpequeño Gómez
recibió aquellas caricias con agrado y aun creo que ledevolvió un beso. La joven le
miró largo rato y sintió el corazónemocionado. No sé qué proceso se desarrolló en el
fondo de supensamiento, pero, después de un esfuerzo invisible, le dijo a mediavoz:
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