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Germana

«Todos los caminos debían gemir,
Porque la hermosa muerta iba a salir;
Debían
gemir,
debían
llorar.
Porque la hermosa muerta iba a pasar.»
La duquesa se deshacía en lágrimas. Germana le pidió perdón por sucobardía.
—Espere usted—dijo—, ya me verá ante el enemigo. Debo llevardignamente el
nombre de ustedes. ¿No soy el último vástago de los LaTour de Embleuse?
Los testigos del conde fueron el embajador de España y el secretario dela legación
de las Dos Sicilias. Los de Germana, el barón de Sanglié yel doctor Le Bris. Todo el
faubourg fue invitado a la misa. El señorde Villanera conocía a lo mejor de París y al
viejo duque no lemolestaba resucitar públicamente como millonario. Las tres
cuartaspartes de los invitados fueron exactos a la cita; a pesar de ladiscreción de los
invitados, el público adivinaba cierta anormalidad. Entodo caso, no deja de ser algo
raro y curioso la boda de una moribunda.Al dar las doce de la noche, doscientos o
trescientos coches, que veníandel baile o del teatro, fueron a depositar su carga en la
plazoleta deSanto Tomás de Aquino.
La novia descendió la gradería del brazo del doctor Le Bris. Se laencontró menos
pálida de lo que se esperaba, pero es que había rogado asu madre que le pusiera un
poco de colorete para representar aquellacomedia.
Avanzó con paso firme hasta el reclinatorio que se le había destinado.Su padre le
daba la mano y marchaba triunfalmente a su izquierda,mirando con el monóculo a la
concurrencia. El singular viejo no pudoretener una exclamación al advertir medio
oculta entre la multitud unaencantadora cabeza: «¡Hermosa mujer!», dijo como si se
hallase en elbulevar.
Era la señora Chermidy que había querido ver con sus propios ojos si lanovia aun
estaba viva.
Después de la ceremonia, una silla de postas con cuatro caballos llevó alos viajeros
hasta la barrera de Fontainebleau, pero desde allíretrocedió al bulevar exterior y
regresó al palacio Villanera. Eranecesario tomar al pequeño Gómez y dar a Germana
algunas horas dereposo.
IV
VIAJE A ITALIA
Germana durmió poco aquella noche. Estaba acostada en una inmensa camade
pabellón, en el centro de una habitación desconocida. Un globo deporcelana mal
iluminaba los tapices. Mil figuras extravagantes parecíansalirse de la pared y bailar
 
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