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Germana

—Mi pobre conde, no hablemos de años. Lo que le queda de vida debecontarse por
meses, quizás por semanas.
—¡Pongamos dos mil francos al mes y sea usted de los nuestros!
El señor Le Bris estrechó la mano del conde. El interés se mezcla entodas las
pasiones humanas, y representa igualmente su papel en el dramay en la comedia. El
amor y el odio, el crimen y la virtud, la vida y lamuerte, no se cruzan jamás sin
codearse con un personaje brillante ysonoro que se llama el dinero.
Fue el doctor el encargado de entregar al duque el precio de su hija. Elconde no se
hubiera atrevido jamás a dar un millón a un gentilhombre. Elseñor Le Bris, que
conocía al duque, cumplió su comisión fácilmente. Lellevó una inscripción de
cincuenta mil francos de renta y le dijo:
—Señor duque, he aquí la salvación de la señora duquesa.
—¡Y la mía!—añadió el viejo—. Usted nos ha prestado un gran servicio,doctor, y
desde este momento queda al servicio de mi casa.
El joven respondió cortésmente:
—Es cosa hecha, señor duque.
Hubiera podido añadir que desde hacía tres años les visitabagratuitamente.
El día de la boda por la mañana fue la modista a casa de Germana paraprobarle el
traje de novia. La joven se prestó dulcemente a aquellatriste chanza. La costurera
advirtió que un punto del cuerpo se habíadescosido y se dispuso a reparar el
desperfecto.
—¿Para qué?—dijo la enferma—. No he de usarlo más.
Al presentarle el velo, notó la ausencia de las flores de azahar.
—Está bien; temí que no se hubiesen fijado.
Aquellos preparativos eran de una tristeza fúnebre.
—Mamá—dijo Germana—, ¿se acuerda usted de los versos del poetaJasmin, cuya
traducción me leyó usted en la Revista de Ambos Mundos?
«Todos los caminos debían florecer,
Porque la hermosa novia iba a salir;
Debían
florecer,
florecer
y
granar,
Porque la hermosa novia iba a pasar.»
¿Cómo terminaba? No me acuerdo. ¡Ah! ¡sí!
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