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Germana

Si el señor Le Bris hubiese gustado de las antítesis, habría podidohacer una
comparación muy interesante entre el mobiliario de la señoraChermidy y el de la
duquesa de La Tour de Embleuse. Pero los médicos deParís son filósofos
imperturbables que viajan entre el lujo y lamiseria, sin extrañarse de nada, del mismo
modo que pasan del calor alfrío sin resfriarse.
La señora Chermidy estaba envuelta en vestido acolchado de raso blanco.Con aquel
traje parecía una gata sobre un edredón, una joya en suestuche. No habéis visto nunca
nada más brillante que su persona, ni másmuelle que su envoltura. Tenía treinta y tres
años, una hermosa edadpara las mujeres que han sabido conservarse. La belleza, el
másperecedero de todos los bienes terrestres, es aquel cuya administraciónresulta más
difícil. La Naturaleza la da; el arte añade muy poca cosa,pero es necesario saberla
conservar. Los pródigos que la derrochan ylos avaros que no hacen uso de ella, llegan
en pocos años al mismoresultado; la mujer de genio es la que se gobierna con una
sabiaeconomía. La señora Chermidy, nacida sin pasiones y sin virtudes, sobriaen
todos los placeres, siempre tranquila en el fondo del corazón con lasapariencias de
una vivacidad meridional, administraba con tanto cuidadosu belleza como su fortuna.
Cultivaba su frescura lo mismo que un tenorcultiva su voz. Era de aquellas mujeres
que dicen locuras a todas horas,pero que no las hacen más que con su cuenta y razón;
muy capaz dearrojar un millón por el balcón para que le entrasen dos por la
puerta,pero demasiado prudente para cascar una avellana con los dientes. Susantiguos
admiradores de Tolón apenas si hubieran podido reconocerla:tanto había cambiado, o,
por mejor decir, ganado. Sin ser tan blancacomo una flamenca, había encontrado, no
sé dónde, reflejos nacarados. Lasalud subía hasta sus pupilas en suaves arreboles
rosados; su bocapequeña, redonda, carnosa, parecía una gruesa cereza que los
gorrioneshubiesen abierto a picotazos. Sus ojos brillaban en sus órbitas obscurascomo
un fuego de sarmientos en el centro de la chimenea. La indiferenciay la bondad
formaban en su rostro una mezcla deliciosa. Sus cabellos, deun negro azulado, se
partían sobre una frente pura, como las alas de uncuervo sobre la nieve de diciembre.
Todo en ella era joven, fresco,sonriente; hubiera sido necesario tener muy buenos ojos
para descubriren los ángulos de aquella linda boca dos arrugas imperceptibles,
finascomo el cabello rubio de un recién nacido, y que ocultaban una
ambicióninsaciable, una voluntad de hierro, una perseverancia china y unaenergía
capaz de todos los crímenes.
Sus manos eran quizás un poco cortas, pero blancas como el marfil, conlos dedos
redondos, ondulosos, regordetes, en los que, no obstante, seadivinaba la garra. Su pie
era el pie corto de las andaluzas,redondeado, lo mostraba tal como era y no cometía la
tontería de usarbotas largas. Todo su cuerpo era corto y redondeado, lo mismo que
suspies y sus manos; el talle un poco grueso, los brazos un poco carnosos,las caderas
un poco pronunciadas; demasiada gordura, si os parece, perola gordura graciosa de
una codorniz, la redondez sabrosa de una hermosafruta.
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