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Germana

—Te lo prometo—respondió ingenuamente el viejo.
Ni la duquesa ni su hija parecieron darse cuenta del egoísmo monstruosoque se
encerraba detrás de aquellas palabras, al contrario, seemocionaron hasta derramar
lágrimas; solamente el doctor sonrió.
Semíramis entró, anunciando que el almuerzo del señor duque estaba en lamesa.
—Adiós, señoras—dijo el doctor—; voy a llevar esas buenas noticias alconde. Creo
que ustedes recibirán hoy mismo su visita.
—¿Tan pronto?—preguntó la duquesa.
—No tenemos tiempo que perder—añadió Germana.
—Mientras tanto—dijo el duque—, almorcemos.
III
LA BODA
El señor Le Bris tenía el coche a la puerta. Se hizo llevar a una lujosaconfitería del
barrio, compró una cajita de madera de violeta, la hizollenar de bombones, volvió a
subir al coche, que se detuvo bien prontodelante de la casa de la señora Chermidy. La
bella arlesiana erapropietaria del edificio, aunque no ocupaba más que el primer piso.
Elconserje era uno de sus criados y sabía que dos golpes de timbresignificaban una
visita para su señora.
Las puertas se abrieron por sí solas ante el joven doctor. Un lacayo lecogió el gabán
de sobre los hombros con tanta ligereza que apenas si loadvirtió. Otro le introdujo, sin
anunciarle, en el comedor. En aquelmomento el conde y la señora Chermidy se
sentaban a la mesa. La dueña dela casa le presentó sus mejillas y el conde le estrechó
cordialmente lamano.
Los cubiertos habían sido puestos sin mantel sobre una mesa biselada deencina
tallada. La habitación estaba adornada con tallas antiguas ycuadros modernos; un
célebre banquero de la Calzada de Antin, quemanejaba el pincel en sus ratos de ocio,
había ofrecido a la señoraChermidy cuatro grandes panneaux representando escenas
de naturalezamuerta; el techo era una copia del Banquete de los dioses; laalfombra
había venido de Esmirna y los floreros de Macao. Una gran arañaflamante, de vientre
redondeado y delgadas patas, se agarrabaimplacablemente al centro del techo sin
respeto alguno para la asambleade los dioses. Dos aparadores esculpidos por Knecht
brillaban a la luzcon su profusión de cristal, loza y plata. El servicio de
mesacorrespondía a tanta suntuosidad; los platos eran chinos, las botellasde Bohemia
y los vasos de Venecia. Los mangos de los cuchillos proveníande un servicio
encargado a Sajonia por Luis XV.
 
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