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Germana

servido para gran cosa; esta discusión me ha demostradoque aún podría ser útil a los
míos. Ustedes son testigos de que no tengoningún aprecio a la vida y que hace seis
meses me he despedido de ella.Así como así este mundo es una bien triste morada
para los que no puedenrespirar sin sufrir. Mi único disgusto era el de legar a mis
padres unporvenir de dolores y de miserias; ahora ya estoy tranquila. Me casarécon el
conde de Villanera y adoptaré al hijo de esa señora. Gracias,querido doctor; a usted
debemos nuestra salvación. Gracias a usted, eldesarreglo de esas gentes devolverá el
bienestar a mi excelente padre yla vida a mi noble madre. Mi paso por el mundo no
habrá sido inútil. Mequedaba por todo bien el recuerdo de una vida pura y un pobre
nombresin mancha, como el velo de la primera comunión de una niña. Se lo doytodo
a mis padres. Le ruego, mamá, que no proteste usted. No sedesobedece a los
enfermos. ¿Verdad, doctor?
—Señorita—respondió tendiéndole la mano—, es usted una santa.
—Sí; me esperan allá arriba; mi urna está dispuesta para recibirme.Rogaré a Dios
por usted, mi digno amigo, ya que usted no lo hace.
Al hablar así su voz tenía algo de alado, de aéreo, de sobrenatural,como la
serenidad del cielo. La duquesa se estremecía al escucharla; leparecía que el alma de
su hija iba a escapar como un pájaro al que se haabierto la jaula. Estrechó a Germana
entre sus brazos y le dijo:
—¡No, tú no nos dejarás! Iremos todos a Italia y el sol te curará. Elseñor de
Villanera es un hombre de corazón.
La enferma se encogió ligeramente de hombros y respondió:
—El hombre a quien se refiere usted hará mejor en quedarse en París,puesto que
aquí tiene sus afectos, y en dejarme que pague tranquilamentemi deuda. Ya sé yo a lo
que me comprometo aceptando su nombre. ¿Quédiría, ¡Dios santo!, si le jugase la
mala partida de curarme? La señoraChermidy tendría el derecho de hacerme expulsar
de este mundo por lajusticia. Y diga usted, doctor, ¿me veré obligada a presentarme al
señorde Villanera?
El señor Le Bris contestó con un imperceptible signo afirmativo.
—Bueno—dijo ella—, le haré buena cara. En cuanto al niño, le besaréde muy
buena gana. Siempre me han gustado los niños.
La duquesa miró al cielo como un náufrago mira la orilla.
—Si Dios es justo—murmuró—, no nos separará; nos llevará a todosjuntos.
—No, querida mamá; usted vivirá para mi padre. Usted, padre mío, vivirápara sí
mismo.
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