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Germana

X. —La crisis
XI. —La viuda Chermidy
XII. —La guerra
XIII. —El puñal
XIV. —La justicia
XV. —Conclusión
I
EL AGUINALDO DE LA DUQUESA
Hacia la mitad de la calle de la Universidad, entre los números 51 y 57,se ven
cuatro hoteles que pueden citarse entre los más lindos de París.El primero pertenece al
señor Pozzo di Borgo, el segundo al condeMailly, el tercero al duque de Choiseul y el
último, que hace esquina ala calle Bellechasse, al barón de Sanglié.
El aspecto de este edificio es noble. La puerta cochera da entrada a unpatio de
honor cuidadosamente enarenado y tapizado de parrascentenarias. El pabellón del
portero está a la izquierda, envuelto entreel follaje espeso de la hiedra, donde los
gorriones y los huéspedes dela garita parlotean al unísono. En el fondo del patio, a la
derecha, unaamplia escalinata resguardada por una marquesina, conduce al vestíbulo
ya la gran escalera.
La planta baja y el primer piso están ocupados por el barón únicamente,que disfruta
sin compartirlo con nadie un vasto jardín, limitado porotros jardines, y poblado de
urracas, mirlos y ardillas que van y vienende ése a los otros en completa libertad,
como si se tratara dehabitantes de un bosque y no de ciudadanos de París.
Las armas de los Sanglié, pintadas en negro, se descubren en todas lasparedes del
vestíbulo. Son un jabalí de oro en un campo de gules. Elescudo tiene por soporte dos
lebreles, y está rematado con el penacho debarón con esta leyenda: Sang lié au
Como media docena de lebreles vivos, agrupados según su capricho, seaburren al
pie de la escalera, mordisquean las verónicas floridas en losvasos del Japón o se
tienden sobre la alfombra alargando la cabezaserpentina. Los lacayos, sentados en
 
 
 
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