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Germana

para besar esamano. ¡Y ahora qué fría está! ¡Usted le había jurado fidelidad
eternahasta la muerte! ¡Bésela, pues, caballero fiel!
El conde, inmóvil, rígido y más frío que el cadáver que tenía enfrente,expió en un
minuto tres años de dicha ilegítima.
En esto trajeron al duque que también pagaba, y bien caro, una vida deegoísmo y de
ingratitud.
La sangre de que estaba cubierto, su presencia en la casa, el vidrioarrancado, los
arañazos de sus manos, y sobre todo la pérdida de surazón, hicieron creer un instante
que él era el asesino. El doctorexaminó la herida de la señora Chermidy y reconoció
que el puñal habíaatravesado el corazón de parte a parte; la muerte debió de
serinstantánea; era, pues, imposible, que la víctima hubiese podido llegarhasta la
cama. El señor Stevens, comiendo la noche anterior con elduque, había podido
observar el estado de sus facultades mentales. Elseñor Le Bris le explicó en pocas
palabras cómo la manía homicida habríapodido germinar en su cerebro
desequilibrado. Si era verdad que habíacometido el crimen, la justicia no podía hacer
nada contra un loco. LaNaturaleza le había condenado a una muerte próxima, después
de algunosmeses de una existencia peor que la misma muerte.
Pero, examinando más de cerca el cadáver, se encontró en su manocrispada algunos
cabellos más cortos y más rudos que los de una mujer yde un color más natural que
los del duque. El actuario, al levantar unmueble derribado, recogió un botón de librea
con las armas de losVillanera. Finalmente el cajón donde la señora Chermidy había
guardadocien mil francos, estaba vacío. Era, pues, necesario, buscar a otroasesino.
Interrogaron a le Tas, pero no pudieron obtener nada. Depronto se golpeó en la frente
diciendo:
—¡Bestia de mí! ¡es él! ¡El miserable! ¡Le haré despellejar vivo! pero,¿para qué?
Ya hablará. Enterrad a mi señora, echadme a mí a la basura yél que se vaya al diablo.
La justicia se trasladó el mismo día a la villa Dandolo donde se pudocomprobar que
Mateo era el autor del crimen. Al ser detenido exclamó:
—¡Poca suerte!
El señor Stevens le hizo conducir al castillo de Guilfort, a orillas delmar. Fue
bastante afortunado para escaparse durante la noche, pero cayóen una de esas grandes
redes que los pescadores tienden por la tardepara levantarlas por la mañana.
XV
CONCLUSIÓN
 
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