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Germana

—Tengo cien mil francos en mi secreter.
—Pido cinco minutos para reflexionar.
—Reflexiona.
Mantoux se volvió hacia la chimenea, se apoderó maquinalmente del puñalcorso de
la señora Chermidy, probó la punta sobre uno de sus dedos ehizo doblar la hoja sobre
el mármol. La señora Chermidy no le miraba;esperaba el resultado de su decisión.
—Ya lo he pensado—dijo—. Prefiero quedarme aquí que ir a Turquía;
miscompatriotas son mejor tratados en Corfú; además, he aprendido un pocoel
italiano y no aprendería el turco; y, por último, el jardín y la casaque usted ha
alquilado, me convienen.
—¿Pero cómo diablos quieres...?
—He encontrado el medio. En lugar de dar una puñalada a la señoracondesa, se la
doy a usted. En primer lugar, esto me vale cien milfrancos y no cincuenta mil.
Después, nadie tratará de acusarme o deperseguirme, porque usted ha hecho su
testamento para suicidarse estanoche. La encontrarán en su cama, atravesada con su
puñal y verán queusted ha tenido palabra. Y por último, dicho sea sin ofenderla,
prefieromatar a una bribona como usted que a una mujer honrada como mi señora,que
siempre me ha tratado bien. Es el primer paso que voy a intentar porel buen camino y
espero que el Dios de Abraham y de Jacob sabránrecompensármelo.
XIV
LA JUSTICIA
La sombra que había seguido a Mantoux desde la villa Dandolo hasta eljardín de la
señora Chermidy era el duque de La Tour de Embleuse.
Un instinto tan infalible como el razonamiento dijo al insensato queMateo era
esperado en casa de la bella arlesiana. Espió su partida;esperó la hora en el fondo de
un corredor obscuro de la villa. Cuandooyó al ex presidiario abrir la puerta de su
cuarto, supo ahogar su voz yreprimir la risa nerviosa que sacudía su viejo cuerpo
desde la cabeza alos pies. Para descender la escalera en seguimiento de su guía, se
quitólos zapatos e hizo todo el camino descalzo, entre los guijarros y lasespinas que
ensangrentaban sus pies a cada paso. No advirtió ni lalongitud del camino, ni los
rodeos interminables, ni la fatiga, ni eldolor. El imperio de una idea fija le hacía
insensible a todo; su únicotemor era perder a su conductor o ser visto por él. Cuando
Mantouxredoblaba el paso, el duque corría detrás de él, como si tuviese alas;cuando
aquél volvía la cabeza, el duque se tendía sobre el vientre y semetía en los fosos o se
replegaba adosado a un seto espinoso de cactus ode granados.
 
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