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Germana

Aun no se había cerrado la puerta tras el doctor, cuando le Tas salióde una
habitación inmediata en compañía de Mantoux.
XIII
EL PUÑAL
Mateo Mantoux no podía consolarse de la curación de Germana. Acusaba
aldroguero de haberle vendido arsénico falsificado. En su dolor,descuidaba el servicio
y se consolaba divagando alrededor de la villa.El objeto de sus paseos era siempre
aquella linda propiedad de la cualhabía sido el dueño en esperanza. A fuerza de
contemplarla la conocíahasta en sus menores detalles, como si se hubiese criado en
ella. Sabíacuántos balcones tenía la casa y no había un árbol que no tuviese
unrecuerdo para él. Había franqueado la verja más de una vez, lo que noera difícil.
Aquel paraíso terrestre estaba cerrado por un seto decactus y de áloes, formidable
defensa si se cuida de ella, pero lainfranqueable barrera había caído en tres o cuatro
sitios y la delicadalibrea de Mantoux podía saltar sin peligro al recinto prohibido.
El 26 de septiembre, hacia las cuatro de la tarde, aquel melancólicobribón pensaba
en su desgracia franqueando la valla. Se acordaba conamargura de sus primeras
entrevistas con le Tas y de la acogida de laseñora Chermidy. Cuando comparaba su
situación presente con la que habíasoñado, se consideraba como el más desgraciado
de los hombres, porquecreía haber perdido lo que había dejado de ganar. La
interrupción de unamasa enorme que se movía pesadamente en el jardín interrumpió
el cursode sus ideas. Se restregó los ojos y se preguntó por un instante si veíaa le Tas
o a su sombra; pero las sombras no abultan tanto. Le Tas leadvirtió y le hizo señas.
Precisamente estaba buscándole.
—¡Qué tal!—le dijo—. ¿Cómo va eso, guapo enfermero? Ha cuidado ustedmuy
bien a su ama y ya está curada.
—¡Poca suerte!—respondió él con un gran suspiro.
—Estamos solos—continuó le Tas—, nadie puede oírnos; no tenemostiempo que
perder. ¿Estás contento de que haya curado tu señora?
—Ciertamente, señorita. No obstante, su ama me había prometido otracosa.
—¿Qué es lo que te había prometido?
—Que la señora moriría bien pronto y que yo tendría 1.200 francos derenta.
—Y tú hubieras preferido eso, ¿verdad?
—¡Claro! Así hubiera sido propietario, mientras que ahora tendré quevivir siempre
en casa de los otros.
 
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