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Germana

El duque pareció emocionarse menos de lo que se hubiera creído.
Vivióapaciblemente encerrado en su casa, tuvo toda clase de atenciones paracon su
esposa y le demostró, con una delicadeza extrema, que Germananunca había estado
curada y que debía esperarse lo peor. Se interesó enlos menores detalles domésticos,
reconoció la necesidad de hacer algunascompras, pidió 2.000 francos a su amigo
Sanglié, guardó el dinero, y el20 de septiembre por la mañana partió para Corfú sin
haberse despedidode nadie.
XII
LA GUERRA
El día 8 de septiembre, Germana, que había sido condenada sin apelaciónpor la
ciencia, equivocó a los médicos y a sus amigos, y empezó aconvalecer. La fiebre que
la devoraba remitió en pocas horas como esasgrandes tormentas de los trópicos que
arrancan de raíz los árboles,derriban las casas, conmueven las montañas, y un rayo de
sol detiene enmedio de su carrera.
Esta feliz revolución se operó tan bruscamente, que el señor Gómez y lacondesa no
daban crédito a la realidad. Aunque el hombre se habitúaantes a la dicha que al dolor,
sus corazones permanecieron varios díasen suspenso. Temían ser víctimas de una
ilusión; no se atrevían afelicitarse de un milagro tan poco esperado, y se preguntaban
si esaapariencia de curación no era el supremo esfuerzo de un ser que seaferra a la
vida, el postrer relámpago de una lámpara que se apaga.
Pero el doctor Le Bris y el señor Delviniotis comprobaron por señalesinequívocas
que los males de aquel pobre cuerpo habían terminado. Lainflamación reparó en ocho
días todos los destrozos de una largaenfermedad; la crisis había salvado a Germana; el
terremoto había vueltoa poner la casa sobre su base.
A la joven le parecía naturalísimo vivir y haber curado. Gracias aldelirio producido
por la fiebre, pasó junto a la muerte sin darsecuenta, y la violencia del mal le había
quitado la conciencia delpeligro. Despertó como un niño sobre el brocal de un pozo,
sin medir laprofundidad del abismo. Cuando le dijeron que había estado a punto
demorir y que sus amigos desconfiaban de salvarla, quedó muy sorprendida.No sabía
de cuán lejos regresaba. Y al prometerle que viviría muchotiempo y que ya no
sufriría, miró con ternura al crucifijo de marfil quetenía sobre la cabecera de su cama
y dijo con una alegría dulce yconfiada:
—El Señor me debía eso; ya he pasado el purgatorio.
En poco tiempo recobró las fuerzas, y no tardó en florecer la juventuden sus
mejillas. Se habría dicho que la Naturaleza se apresuraba enadornarla para la dicha.
Entró en posesión de la vida con la alegríaimpetuosa de un pretendiente que de un
 
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