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Germana

Atribuía la muerte desu ama al vaso de agua azucarada que le había preparado
tanpacientemente todas las noches, y pensaba frotándose las manos que todollega para
el que sabe esperar. A mediodía hacía un segundo almuerzo, ypara digerir bien, a
estilo de propietario, se paseaba una o dos horasalrededor de la finca a la que había
echado el ojo. Notaba que los setosestaban mal cuidados y se prometía reforzarlos,
para que no pudiesenentrar los ladrones.
El 6 de septiembre, hasta el señor Delviniotis había perdido todaesperanza. Mateo
Mantoux lo supo y se apresuró a escribir «a la señoritale Tas, en casa de la señora
Chermidy, calle del Circo, París».
El mismo día, el señor Le Bris escribía al señor de La Tour de Embleuse:
«Señor duque: No me atrevo a llamarle a su lado. Cuando ustedreciba esta carta, ya
habrá dejado de existir. Cuide y consuele ala señora duquesa.»
XI
LA VIUDA CHERMIDY
La carta de Mantoux y la promesa formal de la muerte de Germana llegaronel 12 de
septiembre a poder de la señora Chermidy.
La bella arlesiana había perdido ya las esperanzas y la paciencia. Nadiele escribía
de Corfú; no sabía noticias de su amante ni de su hijo; eldoctor, ocupado en cosas más
importantes, ni siquiera le había dado elpésame por la muerte de su marido.
Comenzaba a dudar del señor deVillanera y se comparaba a Calipso, a Medea, a la
rubia Ariadna y atodas las abandonadas de la fábula. Algunas veces se extrañaba de
verque su despecho se convertía en amor, sorprendiéndose de suspirar sintestigos y
con la mejor buena fe del mundo. El recuerdo de tres añospasados con el conde
producía en su corazón una sensación mezcla dedolor y de placer. Se reprochaba,
entre otras tonterías, el haberletenido la brida demasiado corta y el haberse hecho
tanto de desear; elno haberle saciado de dicha y el no haberle matado de ternura.
—Es culpa mía—pensaba—; lo he acostumbrado a privarse de mí. Si yohubiese
sabido apoderarme de él, me habría hecho necesaria para su vida.No hubiera tenido
que hacer más que un signo para que abandonase a sumujer, a su madre, a todo, en
fin.
Se preguntaba frecuentemente si la ausencia no la había perjudicado enel espíritu de
don Diego. Meditaba sobre la locución popular: «Ojos queno ven, corazón que no
siente». Pensaba en embarcarse para las islasJónicas, en caer como una bomba en la
casa de su amante y en apoderarsede él en una lucha heroica. Le bastaría un cuarto de
hora para reanimarel fuego mal extinguido y para reanudar una costumbre que no
estaba másque interrumpida. Se veía disputando con la anciana condesa y
 
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