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Genio y Figura

unsabía o como un gaturramo, que son la calandria y el ruiseñor de porallí, y que en punto a
danzar echaba la zancadilla a la propiaTerpsícore. La silba, por consiguiente, de que Rafaela
había sidovíctima, parecía injusta al viejo usurero y motivada por el odio que aél le tenían, por
donde imaginaba que debía consolar a Rafaela eindemnizarla del daño que le había causado.
El oficio de darle consuelo le parecía gratísimo y en su modestia llegóa creer que él, y no ella,
era el verdadero consolado.
Cada día simpatizaba más con Rafaela. Se ponía melancólico cuando estabalejos de ella. Y no
bien despachaba los asuntos de su casa, se iba aacompañarla en la fonda donde ella vivía.
Con rapidez extraordinaria tomó Rafaela sobre el viejo omnímodoascendiente y le ejerció con
discreción y provecho. El Sr. de Figueredoestaba en borrador, y Rafaela se propuso y consiguió
ponerle en limpio,realizando en él una transfiguración de las más milagrosas.
Ella misma sabía por experiencia lo que era y valía transfigurarse. Norecordaba de dónde
había salido ni cómo había crecido. En Cádiz, en elPuerto, en Sevilla y en otros lugares
andaluces, había pasado su primeramocedad, tratándose con majos, contrabandistas, chalanes y
otra gentemenuda, sin picar al principio muy alto y sin elevarse sino muy rara vezhasta los
señoritos. Así es, que en dicha primera mocedad, había sidoalgo descuidadilla. En Lisboa fue
donde se aristocratizó, se encumbró, ycon el trato de los janotas, acabó por asearse, pulirse,
adobarse yllegar en el esmero con que cuidaba su persona hasta el refinamiento másexquisito.
El desaliño y la suciedad de los sujetos que andaban cerca de ella, comoella era tan pulcra, le
causaban repugnancia. Puso pues, en prensa suclaro y apremiante entendimiento para insinuar el
concepto y el apetitode la limpieza en la mente obscura y en la aletargada voluntad del Sr.de
Figueredo. Con mil perífrasis sutiles y con diez mil ingeniososrodeos le hizo conocer, sin
decírselo, que era lo que vulgarmentellamamos un cochino, y logró hacer en él, con la magia de
su persuasivaelocuencia, lo contrario de lo que hizo Circe en los compañeros deUlises, a quienes
dio la forma del mencionado paquidermo. Tanto habló delo conveniente para la salud que eran
los baños diarios, y el frotarse,fregarse y escamondarse con jabón y con un guante áspero, que
infundióal Sr. de Figueredo la gana de hacer todas aquellas operaciones. Y lashizo, y ya parecía
otro y tan remozado como si él no fuese él sino suhijo. Luego fue Rafaela a la rua do Ouvidor,
donde están las mejorestiendas, y en la perfumería de moda, compró cepillos de dientes y
pelo,polvos y loción vegetal para limpiárselos, y aguas olorosas, cosméticos,peines y otros
utensilios de tocador. Este fue el primer regalo que hizoRafaela a D. Joaquín, que tal era el
nombre de pila del Sr. deFigueredo. Y bueno será advertir en este lugar, porque yo soy
muyescrupuloso y no quiero apartarme un ápice de la verdad, que pongo elDon antes del Joaquín
por acomodarme al uso y lenguaje de España, porqueen Portugal, y más aún en el Brasil, son
rarísimos los Dones y sólo lellevan los hombres de pocas familias. Cuando yo estuve en el
Brasil, sino recuerdo mal, sólo habría media docena de Dones en todo el Imperio.Las señoras en
cambio tienen todas, no sólo Don sino excelencia, y hastala más humilde es la Excma. Sra. doña
Fulana: prueba inequívoca de laextremada galantería de los portugueses.
A pesar de lo dicho, se justifica el que yo llame Don al Sr. deFigueredo, porque, como al fin
se casó con Rafaela que era española, yesta dio en llamarle mi D. Joaquín, todos los amigos y
conocidos, yllegó a tener enjambres de ellos, aunque le suprimieron el mi, ledejaron el Don, y él
acabó por ser universalmente donificado. Perono adelantemos los sucesos.
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