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Genio y Figura

Aprobó la muchacha el plan que su protector le propuso. Este, aunque nosin fatiga y esfuerzo,
le prestó dinero para el viaje y logró darletambién una muy valiosa carta de recomendación,
dirigida con el mayorempeño y ahínco y por persona de grande influjo al más rico capitalistade
Río de Janeiro, que era el Sr. de Figueredo, a quien ya conocemos.
El Sr. de Figueredo, sin embargo, era entonces un personaje muy distintodel que más tarde
fue. Sin dejar de enriquecerse, acometiendo, movidopor la codicia, las más atrevidas empresas,
debía principalmente susgrandes bienes de fortuna a una economía tan severa que rayaba en
losórdido, y al ejercicio de la usura prestando dinero sobre buenashipotecas y a interés muy alto.
Habitaba, se trataba y se vestía casi como un pordiosero, y exhalaba unmillón de suspiros y
daba cincuenta vueltas a un cruzado antes degastarle. Tales prendas y condiciones no eran las
más apropósito paraque en Río le quisiesen y le respetasen. El Sr. de Figueredo era másbien
despreciado y aborrecido, y por lo tanto, el sujeto menos idóneopara patrocinar e introducir ante
el público a una artista que aspirasea hacerse aplaudir.
Consternado recibió la carta, porque debía favores a quien se laescribía, tenía obligación de
complacerle y no se consideraba muy aptopara tan difícil empeño.
Rafaela era además tan mona, tan insinuante y tan dulce, que el Sr. deFigueredo, a pesar de lo
arisco e invulnerable que había sido toda suvida, que por entonces contaba ya sesenta y cinco
años de duración, sesintió muy propenso a favorecer a la muchacha en cuanto estuviera a
sualcance. Así es que hizo muchas gestiones y consiguió que el periódicode mayor circulación
de Río, O Jornal do comercio, anunciase con bomboy platillos la feliz llegada y próxima
aparición en el teatro de lafamosa artista española, y consiguió también que el empresario la
oyese,la viese y la ajustase para dar un concierto con intermedios sabrosos dedanza andaluza.
Pronto llegó la noche de la función. El teatro estaba debote en bote. El público había acudido,
excitado por la curiosidad, masno por la benevolencia. Al contrario, el odio y el desprecio que el
Sr.de Figueredo inspiraba, tocaron como por carambola y se estrellaroncontra la pobre Rafaela.
La mayoría de los oyentes sostuvo que Rafaeladesentonaba y daba feroces gallipavos, y las
damas severas y virtuosas ylos honrados padres de familia clamaron contra el escándalo, e
hicieronque su pudor ofendido tocase a somatén. El resultado de todo fue unaespantosa silba,
acompañada de variados proyectiles, con los que enaquel fecundo suelo brinda Pomona. Sobre la
pobre Rafaela cayó undiluvio de aguacates, tomates, naranjas, bananas, cambucás y
mantecosaschirimoyas. Rafaela estaba dotada de un estoicismo, no sólo a prueba defruta, sino a
prueba de bomba. Sufrió con calma el descalabro y hasta lotomó a risa, calificando de majaderos
a los que suponían que cantaba maly de hipócritas a los que censuraban sus evoluciones y
meneoscoreográficos.
-V-
Las burlas y los chistes con que Rafaela se vengaba de la silba,hacían mucha gracia al señor
de Figueredo, quien se consideraba tambiénvejado, lastimado, silbado y rechazado por la
sociedad elegante de Río.Entendía además el señor de Figueredo que Rafaela cantaba como
 
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