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Genio y Figura

En esto volvía ya el Barón de Castell-Bourdac, muy diligente yapresurado, con el abrigo de
Rafaela. Trató de disculpar su tardanza,puso el abrigo a la dama, le dio el brazo, bajó con ella la
escalera ysin duda la acompañó en coche a su casa.
El Vizconde apenas se dignó reparar en esta intimidad de Rafaela y delBarón, a quien había
calificado de tan simpático como inofensivo.
Refrenando con dificultad su impaciencia, el Vizconde sintió pasar losdías con lentitud hasta
que llegó el 20 al cabo.
Aún no habían dado las diez de la mañana, cuando le trajeron un gruesopliego cerrado y
sellado. Rompió el sobre y halló dentro un preciosolibrito, encuadernado con buen gusto y
esmero en cuero de Rusia, al cualestaban asidos tres No me olvides y un trébol de cuatro hojas,
en oroesmaltado. Un broche de oro, esmaltado también, cerraba el librito.Separadamente había
un papel, donde el Vizconde leyó estas palabras:
—Antes de que vengas a verme y antes de que tu alma llegue a unirse enestrecho lazo con la
mía, quiero que la conozcas bien y que penetres enlos abismos que en ella hay.
Hasta el día en que te fuiste de Río, nadie mejor que tú conoce mi vida.Después han
sobrevenido en ella sucesos que profundamente la modifican.Ni para confiarlos, ni para decir las
penas y los sentimientos que estossucesos han causado en mi alma, he encontrado un amigo a
propósito hastaque hará cerca de veinte días te encontré en casa de la señora de Pinto.Mi alegría
fue grande al verte de nuevo. No pensé aún en que por amoriba a volver a ser tuya, pero pensé en
nuestra antigua amistad y mepropuse renovarla, estrecharla y hacerla ya más constante y
sininterrupciones. Pensé también confiarme en ti y desahogar mi corazóndiciéndote todos mis
disgustos y mis dolores todos. Con este intento,sin orden, según las ideas y los recuerdos acudían
a mi mente, me puse aescribirlos con precipitación en el libro que te remito adjunto.Escritos
están ya, léelos y queda así apercibido para que no tesorprenda lo más extraordinario ni lo más
raro.
Lleno el Vizconde de curiosa ansiedad, después de leer esta advertencia,abrió el libro, le leyó
y vio que decía de esta suerte:
Confidencias
Mucho de lo que voy a escribir ha de parecerte singular y raro, peroapenas hay en ello otra
rareza que la sinceridad con que yo lo digo.Como poseedora de un maravilloso instrumento
óptico, escudriñaré cuantose oculta en los más hondos senos de mi alma y te lo contaré todo.
Locontaré en resumen para no cansarte ni cansarme.
No quiero ponderar aquí la devoción, la dulzura y el incesante desvelocon que cuidé de mi D.
Joaquín durante su larga enfermedad hasta el díade su muerte. Piadosamente cerré sus ojos, y no
por carencia de dolor,sino por vigor y constancia de ánimo, quise y pude amortajarle.
 
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