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Genio y Figura

violentas emociones,sino para hallar en ella la paz que le falta y el bien y el regalo quesólo
pueden calmar la sed que siente de inefables venturas.
—Muy sutil y poético está usted esta noche—dijo Rafaela sonriendo—. Y lopeor es que está
usted muy razonador y dialéctico; y vamos, empiezo atener miedo de que usted me convenza.
Para huir del peligro me decido aponer término a este coloquio. Déme usted el brazo.
Rafaela se levantó del sofá, tomó el brazo del Vizconde, recorrió lassalas y fue saludando y
hablando a multitud de personas.
El Vizconde, a pesar de tantos saludos y conversaciones diversas, nodejaba de insistir en su
pretensión. De vez en cuando, en losintermedios, esto es, siempre que Rafaela dejaba de hablar a
una personapara ir a hablar con otra, el Vizconde, con palabras rápidas, dichascasi al oído de
ella, le rogaba que le amase. Ella parecía no oír o noentender y no le daba respuesta.
Llegó por último la hora de partir, sin que Rafaela cediese, sin que almenos diese esperanza.
Vio Rafaela al Barón de Castell-Bourdac y le encargó que fuese a buscarsu abrigo. Se
despidió luego de la Sra. de Pinto, y, siempre del brazodel Vizconde, se dirigió a la antesala.
Aquella noche había en la tertulia mucha gente, y el Barón tardóbastante en volver con el
abrigo, a pesar de lo habilidoso que era paratales menesteres. Las súplicas del Vizconde fueron
entonces másfervorosas y reiteradas. Rafaela se quedó un momento pensativa y comovacilante.
Al fin dijo al Vizconde en voz muy baja:
—Sea; usted lo quiere y el diablo lo quiere también.
—¿Y cuándo?—dijo con ansia el Vizconde.
—Dentro de doce días, el 20 de este mes—contestó ella—, hasta entoncesni nos hablaremos
ni nos veremos.
—¿Y por qué tan largo plazo?—exclamó él.
—Porque quiero—dijo ella—imitar con usted lo que hizo Ninon de Lencloscon el abate
Gedoyn.
—¿Y qué hizo Ninon con el abate?
—Aguardó para hacerle dichoso y le hizo dichoso el día de su cumpleaños.Trazas tiene de
fábula, pero afirman las historias que Ninon cumplióochenta aquel día. Mucho disto yo de ser
tan anciana, pero el 20 de estemes cumpliré los cincuenta. Quiero que al terminar el primer
medio siglode mi vida, la cual no sé si tema o espere yo que dure todo un siglo,empiecen mis
más serios, constantes y últimos amores. No me engañeusted, Vizconde; ¿quiere usted como yo
que estos últimos amores nuestrossean serios y constantes?
—No me basta con desear que sean para toda la vida; quiero que seaninmortales.
—Pues a fin de entrar solemnemente, y como en nueva era, en lainmortalidad de esos amores,
vaya usted a mi casa el 20, a las cinco dela tarde. Estaré sola.
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