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Genio y Figura

Rafaela le contestó que ella vivía más desordenadamente que nunca; quepara recibir a sus
amigos no había fijado ni día ni hora; pero que a él,por excepción, le recibiría cuando a ella le
fuese posible y él fuese averla.
Todo esto, por virtud de un arte o de un instinto que suelen tener lasmujeres, quedó indeciso y
como flotando en el aire, sin que el Vizconde,que no quería tampoco tocar por lo insistente en
pesado, lograseconseguir una cita, sin calificarla de cita: una cita implícita,disimulada y
vergonzante, que era lo que él ansiaba.
Algo le contuvo también cierta ligera sonrisa burlona, que imaginó dos otres veces ver pasar
como un relámpago sobre el rostro de Rafaela, lacual harto bien sabía él que nunca había
gustado de disimulos y rodeos,sino de prometer, conceder o negar, por estilo franco, sin el
menorrebozo en la promesa. El Vizconde, además, no osaba pedir nada y nadapedía. ¿Con qué
título, con qué motivo, había de pedir algo? ¿Era afectorenaciente, era liviano capricho, qué era
lo que en aquel momentoagitaba su corazón? Él mismo lo ignoraba. Sólo notaba, en el fondo de
sualma, repentinos anhelos de deleite y una resucitada admiración, másvehemente que nunca,
hacia aquella extraña mujer que sobre la lozana yalegre condición natural de la moza de Lisboa y
sobre la graciosapomposidad de la señora hacendada de entretrópicos, había logrado ponertodos
los perfiles, realces y filigranas de la parisiense más curtida ydocta en el arte de los amores. El
Vizconde, al menos, imaginaba todoesto, aunque nosotros no podamos asegurar que era real y
exacto lo queimaginaba. Lo cierto es, que, en aquella noche, habló de todo conRafaela: de
teatros, de música, de libros recién publicados, de políticay hasta de filosofía, pero no se atrevió
o no halló ocasión oportunapara decirle, de sopetón y muy por lo serio, que de nuevo la amaba.
Selimitó, pues, a echarle piropos, si bien con sobriedad, por miedo dehacerla reír, o lo que es
peor, de fastidiarla. Así llegó la hora en queRafaela tenía costumbre de retirarse. El Barón de
Castell-Bourdac, sureconocido cavaliere servente, vino en su busca, le dio el brazo, y sefue con
ella, sin duda en el mismo coche, acompañándola hasta su casa,antes de retirarse a la suya.
-XXVIII-
Al día siguiente el Vizconde fue a visitar a Rafaela, que vivíaen el primer piso de una
magnífica casa, no lejos del Arco de laEstrella, en calle y barrio nuevos y elegantes. Rafaela no
estaba encasa o no recibía. El Vizconde volvió casi de diario, pero siempre enbalde.
Así transcurrió, no sin grande impaciencia del Vizconde, una semanaentera, y llegó otro
viernes, día en que la señora de Pinto tenía sutertulia.
El Vizconde acudió tan temprano, que sólo encontró a la señora yseñoritas de la casa y a tres o
cuatro amigos íntimos que habían estadoa comer con ellas. Tuvo, pues, ocasión de ir pasando
revista, segúnentraban, a todas las personas que fueron a la tertulia aquella noche.
Rafaela no aparecía y el Vizconde casi había perdido la esperanza de queapareciese, cuando al
fin la anunció en voz alta un criado, diciendodesde la antesala:
—La señora de Figueredo y el Barón de Castell-Bourdac.
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