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Genio y Figura

No bien la Sra. de Pinto presentó o mejor diremos representó alVizconde a la Sra. de
Figueredo, ésta le recibió con efusión vivísima ycon la alegría franca y cordial de quien vuelve a
ver, después de cercade veinte años de ausencia, a un bueno y cariñoso amigo.
No tuvo, sin embargo, Rafaela, a quien pronto dejaron sola con elVizconde los que antes la
rodeaban, ni una sola palabra de queja por elolvido y por la indiferencia que al parecer él había
tenido para conella.
Rafaela pasó con rapidez deslizándose sobre toda la serie de años queella y el Vizconde
habían estado sin verse.
Habló con él como habló Fray Luis de León con sus discípulos después desalir de la cárcel.
Rafaela dijo también: decíamos ayer; esto es,habló con el Vizconde como si reanudase con él la
conversación de lavíspera. Si algo se aludió al tiempo pasado, fue para afirmar él, conadmiración
y con insistencia, que ese tiempo no había pasado por ellasino para mejorarla, o que al menos,
durante todo ese tiempo, ella habíaestado como las encantadas princesas de los cuentos de hadas,
sin que eltiempo, al pasar, las toque con sus alas, ni las ofenda, ni las huelle.El tiempo las deja en
el mismo ser que tienen, ya que al empezar elencantamiento y al ponerse en ellas no les preste
algo de sobrenatural ydivino. Con la obligada y casi indispensable modestia, que en
ocasionestales se usa, Rafaela trató de probar que había envejecido; pero alcabo, tal vez porque
no lo creía, o tal vez para evitar enojosasdiscusiones, convino en que estaba tan bien o mejor que
nunca. Después,ella y el Vizconde charlaron muy largo rato y ambos volvieron a sentirsetan
amigos como veinte años antes en Río de Janeiro, y como cerca detreinta años antes en Lisboa.
-XXVII-
Muy lisonjeado estaba el Vizconde al notar el contento y lasatisfacción que al volver a verle y
al hablar con él sentía la señorade Figueredo; pero el Vizconde no era presumido ni fatuo, sino
razonabley juicioso. Como todos los que lo son, receló que, si abusaba de laventaja de reanudar
aquellas relaciones amistosas después de tantotiempo, prolongando mucho el coloquio, no era
difícil que en el alma deRafaela se desbaratase o se disipase el hechizo de la novedad y que
elgusto se convirtiese en enfado. Quien tiene en rico vaso un licorexquisito, no le apura de un
sorbo, sino que le contempla, le paladea ypoco a poco le va bebiendo. En suma, el Vizconde no
quiso apurar hastalas heces el deleite de hablar aquella noche con Rafaela, exponiéndose
acansarla y a hartarla con la mera conversación, aburriendo, marchitandoy hasta secando, en el
alma de ella, el deseo que tal vez pudiera nacerde que la conversación dejase de ser término y
llegase a ser medio ycamino para mayores y más dulces intimidades. Rafaela, en verdad,
hacíainvoluntariamente que las deseara el Vizconde, porque estaba más guapa ymás interesante
que nunca.
Hechas en lo interior de su espíritu todas estas consideraciones yforjando mil propósitos
vagos, el Vizconde, después de preguntar aRafaela las señas de su casa, insinuó la pretensión de
no ir sólo adejarle tarjeta, sino de hallar a Rafaela y de ser recibido.
 
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