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Genio y Figura

de verdad,aunque exagerada y bordada. Las telas de su cerebro eran como mapaconfuso, donde
estaban muy borrosos los límites entre lo real y loideal, lo fantástico y lo positivo.
De todos modos, era innegable y notorio que el Barón había poseídobastantes bienes de
fortuna que en su mocedad había disipado; que hacíatreinta o cuarenta años había figurado como
joven muy gallardo einteresante, conquistador de no pocos corazones femeninos, y que por
sunacimiento y familia bien se podía jactar de ser muy ilustre. Élponderaba y encarecía sus
perdidas riquezas, sus antiguas conquistas, loglorioso de su cuna y su clarísima prosapia. Sin
duda, él elevaba todoesto a la cuarta o a la quinta potencia, pero tenía por raíz exacta laverdad, y
nadie lo desconocía.
Puestos ya en comunicación el Barón y el Vizconde, la señora de Pintodijo a éste:
—Ahora voy a dar a usted una muy agradable sorpresa; voy a llevarle a lapresencia de la que
por su beldad, discreción y elegancia, es reina deestos salones y lo sería de cualesquiera otros en
que se hallase.
—¿Y por qué ha de ser eso una sorpresa?—preguntó el Vizconde.
—Es una sorpresa—replicó la señora de Pinto—, porque la dama de quehablo es una antigua,
íntima y constante amiga de usted, a quien tieneusted muy olvidada.
Y sin más explicaciones, llevó al Vizconde al boudoir, donde no habíanentrado aún.
Cercada allí de seis o siete caballeros y en muy animada conversación,había una dama, en
cuyo traje y adornos nada se notaba de llamativo nide extraordinario, pero en quien todo sujeto
inteligente y perito encosas del gran mundo hubiera notado en seguida valer superior a cuantoen
torno tenía. Hubiera podido imaginarse que era un ser de más fina ynoble naturaleza, como caído
de las nubes, en medio de aquella sociedadde distinción más aparente que real.
La dama llevaba un traje de seda negra. En su blanca garganta lucía unmagnífico collar de
gruesas y redondas perlas. Y perlas adornabantambién sus negrísimos cabellos. Su edad, nadie
hubiera acertado adeterminarla. Parecía no tener edad, como las diosas o como lasinmortales
obras del arte. En sus expresivos y negros ojos ardía lallama de perdurable primavera y en sus
mejillas tersas, sin el menorafeite, florecían las rosas de juventud sana, inmarcesible y
sintérmino. Grande era la serena majestad que se notaba en sus movimientosy en los gestos y
expresión de su cara, aunque hablaba y reía con lamayor animación, naturalidad y desenfado, no
dejando traslucir, ni porun leve instante, el afán de excitar la admiración y de obtener elencomio.
Ella parecía como olvidada de sí misma, deleitándose en hablarsin oírse y sin pensar en el efecto
que su figura corporal, su voz y supalabra producirían.
Inmenso fue el asombro del Vizconde cuando reconoció en aquella dama asu excelente amiga
Rafaela la generosa, bellísima como en el Retiro deCamoens, elegantísima y no menos bella que
en Río de Janeiro, peroperfeccionada, refinada y elevada a un grado supremo de cultura, graciasa
los muchos años que en la sabia escuela de París había cursado. Sivale y cabe la comparación,
Rafaela se asemejaba, en lo vivo y en lonatural, a la obra maestra de un arte exquisito que con el
tiempo gana yse mejora: a pasmosa e inspirada pintura, a la que presta suavidadapacible y
aterciopelado realce la pátina del tiempo.
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