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Genio y Figura

espejos. Los marcos y demás ornamentación, aljabas,palomitas, lazos y flores, todo de madera
charolada o más bien esmaltadade blanco con filetes azules. En los ricos aparadores del comedor
y ensus armarios de roble esculpido, había mucha plata labrada, y en lasparedes se veía
suspendida multitud de platos de diversas épocas yprocedencias, muestras escogidas del arte
cerámica.
La señora de Pinto, por último, había echado el resto en su boudoir ymarcádole más
hondamente con el sello de su originalidad brasileña.Allí, sobre un fondo de muebles cómodos y
bonitos, de lo más perfecto yrefinado que en París se construye, había en urnas de cristal
lindospajaritos disecados, mariposas e insectos de vivísimos colores; pájarosvivos en doradas
jaulas, y lozanas plantas de entre trópicos criadas eninvernáculo con atinado esmero.
Todas estas preciosidades y otras muchas que aquí no se ponen para queno parezca inventario
este escrito, no evitaban que los maldicientes,los descontentadizos y los muy preciados de
pertenecer a la flor y natade la high-life o de la smart-set, calificasen de interlopes y
derastaquouères, tanto la escena que acabamos de presentar, como laspersonas que en ella
aparecían.
Contribuían no poco a que se formase este mal juicio las dos señoritasde la casa, cuyo prurito
de señalarse entre las demás mujeres y dellamar la atención era harto extremado. No se
contentaban con serelegantes y con andar bien vestidas como las mujeres parisienses, sinoque
gustaban de añadir a las galas europeas, rasgos y perfiles delremoto país en que habían nacido y
de otras apartadas regiones.
La noche de la tertulia a que asistió por primera vez el Vizconde deGoivoformoso, la mayor
de las señoritas de Pinto, que se llamaba Julia,tenía un collar de brillantes coleópteros, cuyos
élitros, heridos por laluz de lámparas y bujías, lanzaban deslumbradores y tornasoladosreflejos; y
la segunda, que se llamaba Flora, llevaba zarcillos y collarde uñas de tigre, muy lustrosas y
acicaladas, engarzadas en oro. Atadoademás de sutilísima cadenilla, pendiente de un brazalete,
llevaba estaseñorita, para colmo de distinción caprichosa y rara, un magníficoescarabajo vivo,
que se le paseaba por el brazo, el talle y la desnudagarganta y cuyo refulgente color verde oscuro
le hacía parecer animadaesmeralda.
La mamá nada tenía de extraño en su tocado y vestido. En sus modales, sipor algo pecaba, era
por sobra de naturalidad y franqueza. La señora dePinto, con relación a los remilgos afectados y
a las ceremonias deParís, era por demás llanota y campechana. Como ya frisaba en sesentaaños,
aunque se conservaba muy bien, no tenía para qué reportarse, ni sereportaba y refrenaba en sus
manifestaciones de cariño; de modo querecibió al Vizconde materialmente con los brazos
abiertos. Sus salonesestaban ya llenos de gente, pero no impidió esto que el Vizconde fuesepor
ella abrazado y casi besado. Ella decía que era como una hermanaque, después de largos años de
ausencia, vuelve a ver a su hermano; peroél entendía que la suposición hubiera estado mejor
hecha figurando ellacomo madre y él como hijo. La verdad era, que si bien el Vizconde teníamás
de cincuenta años, estaba tan bien, que parecía un muchacho, un buenmozo, atildado, gallardo y
fino.
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