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Gatsby
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porcuriosidad cruce el escenario de pasada y tome parte en la acción sinpremeditarlo y
casualmente.
Claro está que el Vizconde de Goivoformoso, aunque sólo fuera por suposición diplomática,
podía aspirar a más honda penetración en París y atrato más íntimo con las varias aristocracias
indígenas; pero, comorecién llegado, empezó por visitar y frecuentar los círculoshispano-
americano, español, portugués y brasileño.
La acaudalada señora de Pinto, rica propietaria de Bahía de Todos losSantos, que hacía cuatro
años vivía en París con gran lujo, no bien seinformó de la llegada del Vizconde, a quien había
conocido en Río, leescribió un billetito, convidándole a los tés musicales y a vecesdanzantes que
tenía todos los viernes, y donde la mayor de sus hijas,que eran dos, y ambas bonitas, mostraba su
habilidad y hechizaba con suvoz melodiosa, cantando alternativamente, ya las modinhas de su
país,ya las canciones más sentimentales y melancólicas de Alemania, Italia yFrancia.
El Vizconde de Goivoformoso aceptó gustosísimo aquella amableinvitación, y casi puede
decirse que la primera tertulia a que asistió,después de su llegada, fue a un té en casa de la
mencionada damabrasileña.
-XXV-
Vivía la señora de Pinto en una de las mejores calles que cortanperpendicularmente la calle de
la Universidad: en la parte menosbulliciosa de las dos en que la ciudad está dividida por el Sena.
Lacasa de la dama brasileña era nueva y tenía hermoso aspecto. La señorade Pinto habitaba en
un piso principal, cómodo y espacioso.
Ella tenía buen gusto y había amueblado su estancia, valiéndose de losmejores tapiceros, con
muebles elegantes y hasta lujosos, pero sinrelumbrón alguno. Nadie hubiera podido criticar sus
salones por lochillón y lo dorado de los adornos, pero hubiera habido en ellos algo detrivial y sin
carácter propio, si la mencionada dama, o por reflexión opor instinto, no hubiera acudido a
ponerles un sello de originalidadperegrina, un tinte marcado de distinción semi-
aristocrática,semi-americana. Había en la antesala tapices y reposteros, donde seveían bordados
los complicadísimos escudos de la gloriosa e históricafamilia de los Pintos; y en el centro, frente
a la puerta de entrada,resplandecía, en gran cuadro al óleo, al parecer antiguo, la
reverendaimagen de Fernán-Méndez, tan célebre por sus estupendas peregrinaciones,y uno de
los más brillantes antepasados de que aquella familia sejactaba. Y como si fueran reliquias de los
mil curiosos objetos queFernán-Méndez Pinto hubo sin duda de traer cuando volvió a Europa,
seadmiraban en aquella antesala broqueles, armaduras, lanzas y sableschinos, japoneses e
indostaníes, combinado todo en las panoplias conflechas y cuchillos de pedernal de los
tupinambas, de los tupíes y deotras tribus guerreras del imperio brasílico. En dos salas
contiguasapenas había nada de exótico, pero sí muchos primorcitos y antiguallasde porcelana,
bronce y plata, estatuetas, esmaltes y vasos colocados enrinconeras, anaqueles y repisas, o ya
sobre los mismos muebles, yacustodiados en vitrinas de prolija talla y gracioso dibujo. El
salónde baile era de la más sencilla elegancia, estilo Luis XVI; sin másadornos que grandes
 

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