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Gatsby
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Claro está que estos peregrinos de la cultura procuran visitar y tratara los ídolos a quienes
mayor devoción consagran. Para el que se preciaen su país de hidalgo y linajudo, ¿qué mayor
triunfo que introducirse enalgunas casas y en el seno de algunas ilustres familias del
FaubourgSaint Germain? Para el novicio o recluta de la sabiduría, ¿qué honramás superfina y
disparatada que la de ser presentado y bien recibido,por ejemplo, en el año 1873 a que nos
referimos, por el sabio ErnestoRenan o por el espiritualista Caro, almibarado filósofo y maestro
defilosofía para las damas? ¿Y qué mayor encanto en el mismo año de 1873que el de hablar con
Víctor Hugo o con Flaubert que aún vivían? Si elque era presentado a ellos componía versos,
pongamos por caso, impresoso manuscritos podía llevárselos al ídolo, el cual tal vez tenía
ladignación de aparentar que los leía y que los entendía, aunque no losleyese ni los entendiese. Y
si por dicha llegaba a celebrarlos conolímpica benevolencia, el poeta peregrino se llenaba de
entusiasmo, defe y de aliento para atreverse a mayores cosas y ser en su tierratrasunto, arrendajo,
o copia en menor escala, guardando siempre laproporción debida, de aquel a modo de numen
tutelar de que habíaacertado a proveerse. Pero, ¿qué mucho si hasta menos altas facultades
yvirtudes, cuando están en potencia, se actúan, se acicalan, se templan,se bruñen y se aguzan en
París como la espada en la oficina del armero?
En París, no sólo el entendimiento, la imaginación y la sensibilidad, nosólo los sentidos
estéticos, o sea la vista y el oído, sino también losotros tres sentidos, se educan y se
perfeccionan.
El olfato se adiestra para atinar con los perfumes distinguidos y parano confundirlos con los
que sahúman o aromatizan a la gente ordinaria;el tacto adquiere perspicacia asombrosa para
reconocer y disfrutar losuave, aterciopelado, tibio y madoroso; y el paladar, por último, dejade
estar embotado por los groseros guisotes patrios, se limpia y sedespeja y llega a penetrarse de
cuantos deliciosos sabores dan a susguisos los más inspirados cocineros del mundo.
De lo exterior y somero de todas estas cosas goza el peregrino que llegaa París con dinero
bastante; mas para entrar bien en París, paranaturalizarse allí de veras, y no en los bajos y
obscuros círculos, sinoen los más eminentes y luminosos, el dinero no basta. Se necesita
ademássaber muy bien la lengua, poseer notables prendas de entendimiento o decarácter, tener
alguna habilidad rara que pueda manifestarse fácilmente,estar dotado de cierta desenvoltura y
atrevimiento, y sobre todo, caeren gracia, lo cual suele depender, más que del mérito, de la
suerte. Siesta elevada naturalización no se consigue, el que va a París no goza enParís sino de lo
que se paga; se queda aislado o desnivelado, sin llegara vencer la prevención, si a veces algo
justificada, siempre fatua, deque él es un ser retrasado en la marcha ascendente de la humanidad
hacialas regiones de la luz: un individuo de una casta o nacionalidadinferior, y un bárbaro en
suma. Verdad es, que siempre que un felizmortal, viniendo de tierras extrañas, logra vencer la
prevenciónsusodicha, su triunfo es completísimo, su propia calidad de exótico leda mayor
precio, y los más encumbrados parisienses le ponen sobre elpedestal en que ellos mismos están o
se creen colocados. Así sucedió,por ejemplo, con el célebre Enrique Heine, y así sucedía en el
año a quenos referimos con el famoso novelista ruso Ivan Turgueneff.
Harto difícil y muy raro es el mencionado triunfo; de suerte que lamayoría de los extranjeros
que van a París, sobre todo si sonportugueses, españoles o hispano-americanos, a fin de gozar en
París dealgo más que de aquello que se paga, forman sociedad aparte, y son comouna colonia, y
están como en un teatro, cuyas magníficas decoracionesson la gran ciudad de las orillas del Sena,
pero entre cuyos personajesapenas hay un francés de cierta importancia, a no ser alguno que

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