Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

Genio y Figura

Nada, durante los dos o tres meses que se siguieron pudo notar lapersona más lince ni propalar
la más maldiciente, que en la conducta deRafaela contradijese los propósitos expresados por ella
en su coloquiocon el Vizconde. Se diría, por el contrario, que ella se extremaba enrealizarlos.
Sus mimos, sus cuidados hacia D. Joaquín eran incesantes.Entonces aún no había ferrocarril
hasta Petrópolis. D. Joaquín, quehabía envejecido, aunque gustaba de ir allí, se fatigaba mucho y
Rafaelase opuso a que fuese. Si iba alguna vez, Rafaela le acompañaba ycompartía con él la
fatiga. Jamás se quejaba ya de jaqueca, ni enviabaal campo a D. Joaquín cuando estaba
jaquecosa. Casi siempre, sinjaqueca, y aun cuando por acaso la padeciese, se complacía en tener
a D.Joaquín a su lado. Y al mismo tiempo no se mostraba ni triste ni másseria que en lo pasado;
su buen humor y su alegría eran como siempre.Sus concurridas tertulias se hicieron diarias y sin
interrupción. Nadiehubiera podido declarar con fundamento que la partida de Juan Mauryhabía
modificado el ser de Rafaela.
Su amistad hacia el Vizconde siguió tan fina y tan estrecha como en elcoloquio, pero sin que
el coloquio se repitiese. Ella seguía hablandocon el Vizconde, si bien delante de todos y sin dar
que sospechar. Suconversación amistosa la consolaba y la deleitaba.
No tardó Rafaela en perder también este consuelo y este deleite.
El Vizconde tuvo que irse a Berlín a ocupar otro puesto diplomático.
Sufrió Rafaela con calma la nueva contrariedad, y aún siguió, durantealgunas semanas, el
mismo género de vida.
De repente, y sin que nadie pudiera atribuirlo a otra causa que a unaenfermedad, Rafaela dejó
de recibir, se retiró y se aisló. Nadie la veíani en visitas, ni en paseos, ni en teatros.
Este eclipse, aunque largo, terminó al fin, cuando pasaron otros cuatroo cinco meses.
Rafaela reapareció entonces, lozana, bella y refulgente como un astro, yvolvió a ser, durante
más de un año, el delicioso centro de laselegancias de Río.
Quien enfermó después fue el pobre D. Joaquín. D. Joaquín enfermó muy deveras y de la
última enfermedad, que fue larga y penosa. En ella leatendió, le veló y le cuidó Rafaela como la
más santa, más fiel, másdevota y más apasionada de las mujeres. Hubo tal sinceridad,
abnegacióny fervor en ella, que hasta las personas más incrédulas y mal pensadasla miraron
como modelo de cariñosas enfermeras. D. Joaquín exhaló en lahermosa cara de ella el último
suspiro, y ella con la dulzura de sumirada mitigó el terror que infunde el ángel de la muerte, y en
laherida con que mata derramó el bálsamo de sus lágrimas.
Rafaela, por bondad y por orgullo, era generosa y desprendida. Enaquella ocasión lo fue de
suerte que dejó maravillados a todos losbrasileños. Pudo disponer y dispuso de la última
voluntad de D. Joaquíncomo de la suya propia. Todo D. Joaquín era suyo.
Ella, no obstante, en vez de quedarse con el inmenso caudal de D.Joaquín, se enorgulleció y
hasta cierto punto se consoló con repartirleen legados a todos los parientes pobres de él, que eran
muchos, y avarios establecimientos de beneficencia del imperio. A casi todos losesclavos, en
recompensa de sus servicios, les concedió libertad. Sóloguardó consigo, aunque también
beneficiados por el testamento de D.Joaquín, a Madame Duval, a dos doncellas, y a tres negros
de los másfieles, hechos también libertos.
Remove