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Genio y Figura

que iba a estrenarse en el teatro principal, en laSemíramis de Rossini, donde ella era admirable,
como actriz y comocantora, haciendo el papel de Arsaces.
Los filarmónicos, que en los ensayos la habían oído, estabanentusiasmados y referían
maravillas, lo cual acrecentaba la envidiablefama que la había precedido antes de llegar de
Europa y estimulaba entodas las personas de buen gusto la curiosidad y el anhelo de verla y
deoírla.
Daba mayor interés a la aparición de la Stolz en el teatro de Río, elque se había formado un
terrible partido contra ella, impulsado por elsentimiento patriótico. Y no porque nadie imaginase
que podía existirrivalidad entre las modinhas del país y la música de los grandesmaestros
italianos, ni entre las indígenas y populares cantoras y unadiva tan eminente y tan aplaudida en
los principales teatros europeos.Todo era por culpa de un desaforado crítico francés, que no ha
dejado detener imitadores más tarde. Anticipándose a Julio Lemaître, que publicóun artículo en
los periódicos dando consejos a Sara Bernhardt cuando fuea América, el referido crítico había
dado y publicado también consejos ala Stolz antes de que se embarcase en un puerto de Europa
para ir a laconquista del Nuevo Mundo.
Muy de veras me aflige no conservar el artículo de los consejosdirigidos a la Stolz para poder
copiar aquí un trocito; pero como JulioLemaître, en caso parecido, si no idéntico, vino a decir lo
propio,pondré aquí algo de lo que dijo:
«Vais—le dijo, yo supongo que dirigiéndose a la Stolz—, a mostraros ahombres de poco arte
y de menos literatura, que os comprenderán mal, queos mirarán con el asombro que se mira una
ternera de cinco patas, queverán en vos un ser extravagante y estruendoso, y no la
artistainfinitamente seductora; y que no reconocerán vuestro talento sinoporque les costará caro
el oíros».
Para remachar el clavo con que el crítico hería el orgullo de la Américalatina, como ahora se
dice, había en el artículo algunas amonestacionesa la artista, a fin de que no se dejase enternecer
por las ardientesadoraciones de los entusiastas americanos, a quienes el articulistacalificaba de
sensuales y de candorosos, y que, inflamados de amor,irían a ponerse de hinojos ante ella.
Este arranque de la outrecuidance parisina enojó en extremo a losbrasileños más patriotas,
faltando poco para que no le produjese a laStolz el amargo fruto de una silba. Por fortuna la
filarmonía pudo másen esta ocasión que el patriotismo vidrioso, y la Stolz fue
aplaudidafrenéticamente, y llevada a su casa en triunfo, con música, antorchas yfaroles
encendidos. Hubo, no obstante, algún poeta satírico yavinagrado, que se vengó en la Stolz de la
insolencia del críticofrancés, y todavía conservo yo en la memoria algo de una graciosísimasátira
que le compuso, donde después de afirmar que la artista era undesecho del viejo mundo y ella
también vieja, justifica irónicamente losaplausos que le han dado con razones y comparaciones
como las contenidasen los siguientes versos:
Um
velho
poema
de
capa
extragada
Nao
perde
por
isso
o
interno
valor,
E
a
veces
de
baixo
da
pranta
pisada
Descóbrense ainda vestigios da flor.
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