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Genio y Figura

capitalista de todo elBrasil. Prendado de su mujer, gustaba de que luciese, y lejos deescatimar,
prodigaba el dinero que dicho fin requería.
Su vivienda era un hotel espacioso, amueblado con primor y con lujo, enel centro de un bello
jardín, bastante dilatado para que por suextensión casi pudiera llamarse parque.
Menos en las temporadas en que había teatro, la Sra. de Figueredorecibía todas las noches.
Cuando había teatro recibía también, pero nosiempre. Sus tertulias eran animadísimas y solían
durar hasta después dela una. Bien podía afirmarse que empezaban a las siete, porque la Sra.de
Figueredo rara vez dejaba de tener convidados a comer, agasajándoloscon cuantas delicadezas
gastronómicas puede inventar y condimentar unbuen cocinero, sin freno ni tasa en el gasto. Pero
lo que sobre todohacía agradable aquella casa, era la misma Sra. de Figueredo, que unía asu
elegancia, discreción y hermosura, el carácter más franco yregocijado. Del sitio en que ella se
presentaba, salía huyendo latristeza. En torno suyo y en su presencia, no había más
queconversaciones apacibles o jocosas, risas y burlas inocentes, sinmordacidad ni grave
perjuicio del prójimo. Natural era, pues, que elprimer obsequio que, no bien llegase a Río, se
podía hacer a unforastero, era presentarle a una dama tan hospitalaria y divertida.
-III-
En el tiempo de que voy hablando, aportó a Río, como secretario dela Legación de Su
Majestad Británica, un inglesito joven y guapo;probablemente tendría ya cerca de treinta años,
pero su rostro era muyaniñado y parecía de mucha menor edad. Era blanco, rubio, con ojosazules
y con poquísima barba, que llevaba muy afeitada, salvo elbigotillo, tan suave, que parecía bozo y
que era más rubio que elcabello. Era alto y esbelto, pero distaba no poco de ser un alfeñique.En
realidad era fuerte y muy ágil y adiestrado en todos los ejercicioscorporales. Tenía talento e
instrucción, y hablaba bien francés, españole italiano, aunque todo con el acento de su tierra.
Tenía modalesfinísimos, aire aristocrático y conversación muy amena cuando tomabaconfianza,
pues en general parecía tímido y vergonzoso, y a cada paso,por cualquier motivo y a veces sin
aparente motivo, se ponía coloradocomo la grana.
No está bien que se declare aquí el verdadero nombre de este inglesito.Para designarle le daré
un nombre cualquiera. El apellido Maury es muycomún. Hay Maurys en Francia, Inglaterra y
España. Supongamos, pues, quenuestro inglesito se llamaba Juan Maury.
El Vizconde y yo nos hicimos en seguida muy amigos suyos, y los tresíbamos juntos a todas
partes. Claro está que una de las primeras a dondele llevamos fue a la tertulia de la Sra. de
Figueredo, la cual lerecibió con extremada afabilidad, y dejó conocer desde luego que elinglesito
no le había parecido saco de paja. Él también, a pesar de sermuy reservado, como tomó con
nosotros grandísima confianza, nos confesóque la Sra. de Figueredo era muy de su gusto, y se
nos mostrócuriosísimo de saber sus antecedentes; su vida y milagros, como sidijéramos. El
Vizconde, que estaba bien informado de todo, y si no detodo, de mucho, le contó cuanto sabía,
haciendo una relación, que vamosa reproducir aquí, poco más o menos como el Vizconde la
hizo.
 
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