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Genio y Figura

La insistencia pertinaz que mostró Pedro Lobo en volver a verla,exacerbó este odio, agotó su
paciencia y le hizo perder los estribos.
Ella no recibía entonces, ni salía de casa; pero Madame Duval eraperseguida y detenida por
Pedro Lobo, y ora por su medio, oraimprudentemente, valiéndose de un criado cualquiera, Pedro
Lobo lainquietaba y la atormentaba con cartas pidiéndole, casi exigiéndole unacita.
A las cuatro primeras cartas, dos al día, nada contestó Rafaela. A laquinta, en la mañana del
día tercero, Rafaela se puso fuera de sí,perdió toda su circunspección, desechó recelos, resolvió
arrostrarcualquier peligro que sobreviniese y contestó al gaucho, sin rasgar elpapel, aunque bien
pudiera decirse, citando el antiguo romance, que leescribió:
Con
tanta
cólera
y
rabia,
que
donde
pone
la
pluma
el delgado papel rasga.
La carta de Rafaela era como sigue:
«Sr. D. Pedro Lobo: Ni usted tiene, ni yo he dado a usted el menorderecho para lo que hace,
inquietándome, afligiéndome y desesperándome.Jamás prometí ni exigí a usted que me
prometiera fidelidad niconstancia. No hay lazo que nos ate ni obligación que nos encadene.Libre
es usted y yo también lo soy de querer a quien se nos antoje. Conplena libertad, aun después de
haber arrojado de mi alma, por motivos deque no tengo que darle cuenta, todo tierno afecto hacia
usted, leconsagraba yo aún estimación amistosa. Esta se ha perdido también por latremenda
culpa de usted cometida hace pocos días. Ya ni amor, niamistad, ni estimación le tengo. No diré
que le odio, porque no odio anadie, y si le odiase haría de usted excepción honrosa. Me es
ustedindiferente, pero me aburren y me atacan los nervios sus persecuciones.Váyase usted de
Río y déjeme en paz. Como no gusto de frases pomposas,cuyo contenido pudiera alguien poner
en duda, no me meto en decir quesoy una dama y que usted es un caballero: diré sólo que soy
una buenamujer, aunque pecadora, y que espero que sea usted un hombre bueno paramí y que
como tal se conduzca. Con dicha esperanza escribo esta carta, yconfío en que no me
comprometerá usted abusando de ella; mas aunquedesconfiase, de nada tendría miedo. Podría
usted causarme el mayor dañoy me sería menos insufrible que su empeño de reanudar relaciones.
Rotasestán para siempre y nada temo por mí. Temo por usted y le aconsejo quese vaya cuanto
antes a Europa. Por nada del mundo quisiera yo mástragedia. Yo no soy vengativa, pero hay
personas que lo son. Guárdeseusted de ellas, y póngase en salvo.»
Así terminaba la carta, firmada sólo con la inicial R.
Madame Duval la llevó a la fonda donde el gaucho vivía, y estuvopresente a su lectura.
No bien acabó de leer, Pedro Lobo dijo furioso:
—Me insulta y hasta se atreve a amenazarme. Sin duda tiene nuevo galán ycon él es con quien
me amenaza. Yo me río. Morirá a mis manos comoArturito ha muerto.
—Sosiéguese usted—dijo Madame Duval con mucho reposo—. No es amenazasino aviso lo
que da mi señora. Ella dista mucho de tener nuevo galán.Créame usted. Hablo sinceramente. Mi
señora se ha entrado por ladevoción y lleva camino de ser una santa.
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