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Genio y Figura

Grande fue el pasmo y profunda la lástima de todos los cómplices enaquel horror. El mismo
Pedro Lobo, disipada de pronto su cólera, sesintió afligido.
El caso, de común acuerdo, se ocultó o se disimuló para con el público.La fiebre amarilla
hacía entonces muchas víctimas en Río. En la Tejucano atacaba nunca aquella enfermedad, pero
si alguien la traía a laTejuca desde Río, la muerte era inevitable y rápida.
Para el público se supuso que Arturito había muerto en la Tejuca de lafiebre amarilla.
-XIX-
Rafaela tuvo pronta y exacta noticia de cuanto había ocurrido, y sudolor fue muy hondo. Ella
tendría sus defectos, pero no se puede negarque era leal y verídica, y que abominaba del
embuste. Lo que había dichoa Arturito cuando le despidió era la verdad misma. Al dejar de
quererle,como amante, había seguido queriéndole como si fuera su hijo: comocriatura de su
espíritu, ya que le había iluminado y mejorado. De aquíque la función de la Tejuca, triste prueba
de la recaída del joven,abandonado por ella, bastó para afligirla; pero lo que la desoló, por
noofrecer ya remedio ni esperanza, fue la muerte violenta tan estúpida ybrutalmente motivada.
Rafaela, distando mucho de ser merengue de fresa, sin tener nada deempalagoso sino de
brioso, atesoraba en el centro de su corazón uninexhausto manantial de cariño. No por reflexión
ni por estudiadasteorías, sino por ciego e indomable instinto, era la mujer filántropa.El Padre
García se lo había dicho muchas veces: ¡Ay, hija mía, sí túamases a Dios la mitad siquiera que a
los hombres, no estarías ya en latierra, sino en el cielo, en el ardiente coro de los más
enamoradosserafines que coronan cual nimbo luminoso el trono del Altísimo! Loconveniente,
añadía el Padre en otra ocasión, es que tu filantropía setrueque en caridad cristiana: que ames a
Dios sobre todas las cosas.Considera lo encaramada y elevada que estás ya en el amor, y calcula,
sipuedes, hasta dónde te encumbrarías en cuanto pusieses sobre todo ellotu amor divino.
Por desgracia, esta deseada y aconsejada superposición no había llegadoa verificarse, aunque
Rafaela a menudo la apetecía.
Indudablemente, sin ninguna intención y sin oculto propósito, sindescubrir ni reconocer ella
como causa de su cambio la impresión queJuan Maury le había hecho, y creyéndose impulsada
por las amonestacionesy piadosos discursos del Padre García, no sólo había despedido aArturito,
sino que también se propuso no volver a recibir al gaucho yromper para siempre con él, aunque
bien notaba, con cierto sentimientoentre lisonjero y penoso, que la segunda venida del gaucho a
Río habíasido por ella.
Y como ella jamás desechaba la gratitud ni la amistad, aunque desechaseel amor, todavía, al
despedir resueltamente al gaucho por medio deMadame Duval, conservaba por él estimación y
afecto. Sólo cuando supola tragedia de la Tejuca, obra sin duda del injustificado rencor dePedro
Lobo, su amistad y su estimación hacia él se trocaron enaborrecimiento.
 
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