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Genio y Figura

zarandearon ysacudieron como si fuera un pelele y le derribaron por tierra condesprecio. Era el
negro Octaviano que intervenía briosamente en defensade su señor. Animado Arturito con aquel
auxilio y enojado por losinsultos y por la afrenta que Pedro Lobo le había hecho, prorrumpió
eninjurias contra él, le llamó satélite del sanguinario tirano Rosas y lecalificó de derrotado y
forajido. Los señores jóvenes que allí habíaconsiguieron, no sin grande esfuerzo, separar a
Octaviano de suintervención en la contienda e interponerse entre los dos
principalescontendientes, reteniendo sus manos y refrenando sus lenguas.
Completamente se acibaró el contento que allí reinaba. Antes de queamaneciese se expidieron
en el ómnibus el Merengue de fresa y las demásniñas. Algunos caballeros se eclipsaron también.
Contra Octaviano hubouna verdadera conjura, y medio por persuasión, medio por violencia,
leencerraron en un cuarto para evitar que escandalizara, tratando deinculcar en su mente que por
mucho que se sintiese, era ya ineludible unencuentro muy serio entre Pedro Lobo y su amo. A
Pedro Lobo no lefaltaron dos testigos. Con otros dos que nombró Arturito concertaron unlance,
el cual, por hallarse muy embravecidos los dos contrarios, nopodía menos de ser serio.
Arturito no sabía manejar el sable, ni esgrimir la espada, ni tirar a lapistola. Era menester
procurar para él la menor desventaja posible,equilibrando las fuerzas y buscando iguales
probabilidades de triunfo.
Se hallaron dos pistolas de arzón que, muy cargadas, habían de levantarmucho y enviar la bala
harto lejos del punto de mira.
Se concertó que los combatientes se colocasen a cuarenta y cinco pasosde distancia. Al dar
una palmada podrían marchar ambos, el uno contra elotro, hasta que sólo quince pasos los
separasen. Durante la marcha cadauno podía tirar cuando quisiera.
No bien fue de día claro, combatientes y padrinos fueron a un sitioapartado y esquivo, a más
de dos kilómetros de la fonda, a una praderasin árboles, en medio del bosque. Todo se hizo allí
como estabaconcertado. Arturito, sostenido por el pundonor, disimulaba suabatimiento: conocía
que el duelo era inevitable, sopena de quedar parasiempre humillado, pero presentía el desenlace
más triste.
El gaucho estaba muy sobre sí, ansioso de satisfacer su rabia yconfiando en su destreza en las
armas.
Ambos ya en el sitio y con la pistola en la mano, marcharon el unocontra el otro. Inseguro
Arturito de su puntería, no quiso dispararhasta llegar a la raya que se le había marcado. El
gaucho, más seguro,disparó al dar el quinto paso. Todos los testigos tenían elconvencimiento, la
casi seguridad de que, no sólo el tiro de Arturito,sino también el del gaucho, tan malas y tan
cargadas estaban laspistolas, iban a perderse en el aire. Esperaban que terminase el lanceen
reconciliación, y ya que no en almuerzo, porque la cena estabareciente y no tenían gana, en otra
nueva cena aquella noche en el mejorrestaurante de Río de Janeiro.
Pero el hombre propone, y no siempre Dios sino el diablo dispone. Nadieimaginó, por bien
que en su sentir el gaucho tirase, que lo que ocurriófue el resultado de su tino. Lo que ocurrió fue
el resultado de lafatalidad más deplorable. La bala que disparó el gaucho penetró por lasien
derecha en la cabeza del pobre joven y le dejó muerto en el acto.
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