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Genio y Figura

Rafaela tenía claro presentimiento de que si Pedro Lobo no había muertoen la pelea, no habría
querido ni podido permanecer en territorioargentino y también se habría expatriado. Estaba
además segura de supoderoso atractivo y de que él no se iría a Europa sin pasar por Río ysin
venir a verla. Le creía apasionado, celoso y tal vez enterado detodo, porque nunca falta gente
chismosa que se deleite en dar ciertasnoticias. Derrotado y huido de su patria, Pedro Lobo debía
de estar másferoz que nunca, y Rafaela temía, sino ponía en salvo a Arturito,apartándole de sí,
que ocurriese a éste un lastimoso percance. Supropósito, perseverando en su plan de enmienda y
santificación, eradespedir también a Pedro Lobo, pero, por lo mismo, tenía mayor empeño
endespedir antes a Arturo, para que ni remotamente imaginase el otro queaquel infeliz muchacho
era causa de su despedida.
-XVII-
Rafaela no se había engañado. Dos días después de haber despedidoa Arturito, supo que Pedro
Lobo acababa de desembarcar en Río de Janeiroy que pretendía venir a verla.
Ausente D. Joaquín y víctima Rafaela de jaquecas continuas, Rafaela norecibía entonces ni
salía de su casa.
Pedro Lobo buscó en la calle a Madame Duval, le habló, y le pidió ycasi le exigió que le diese
una cita con su señora.
Madame Duval se excusó como pudo, pero, cediendo a la tercainsistencia del gaucho, tuvo
que encargarse de una carta que éste le diopara Rafaela. Ella la recibió y la leyó con hondo
disgusto, y, si notuvo miedo, fue porque de nada le tenía.
Era, sin embargo, prudente y rehuía comprometerse escribiendo. No teníagana tampoco de
recibir al gaucho para despedirle y para tener con éluna escena violenta y acaso trágica.
Se valió, pues, de Madame Duval como mensajera. La instruyódetenidamente en todo cuanto
había de decir: en la resolución que habíatomado de seguir nueva vida, en sus remordimientos y
en su firmepropósito de no reanudar con él las pasadas relaciones y de no recibirleen secreto.
Bramó de ira el gaucho al recibir el mensaje, pero disimuló la ira yhasta aparentó cierta
conformidad, meditando y proyectando una venganza.
Aunque no dijo a Madame Duval que lo sabía, Pedro Lobo era sabedor dela ventura del joven
Arturo. No habían faltado amigos oficiosos que leescribiesen a Buenos Aires informándole de
cuanto se sabía o se presumíacomo evidente.
Arturito supo también la llegada de Pedro Lobo no bien éste llegó. Y sihemos de decir la
verdad, allá en el fondo de su alma pacífica yhumilde, se alegró entonces de que le hubiese
despedido Rafaela. Así secreyó libre y exento de tener un lance con el gaucho, que alcanzaba
famade brutal y grosero.
 
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