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Genio y Figura

—No pienses ni digas tan abominable desatino. Es horroroso desear lamuerte de alguien, y
más aún la de una persona que tanto te quiere.
En efecto, D. Joaquín, según su constante modo de ser, había concebidopor Arturito la
amistad más entrañable. Bien había querido al gauchoPedro Lobo, pero a Arturito le quería mil
veces más, por lo manso yapacible que era, por paisano y hasta por hijo del Sr. Gregorio,
conquien tenía, desde hacía muchos años, estrechos lazos de amistosocompañerismo.
Conoció Arturito que no debía desear la muerte de D. Joaquín y secompungió del improvisado
deseo que había asaltado su corazón en uninstante de descuido.
Entonces apeló a otros medios para disuadir a Rafaela de la ruptura. Ledijo que ella le sostenía
y guiaba por la senda de orden y de conductajuiciosa que él había emprendido, y que, no bien
ella le dejase,descarrilaría él de nuevo, y sólo Dios o el diablo sabía en quéinfernales abismos
podría él hundirse.
A esto replicó Rafaela, que pecar era detestable medio de prevenir elpecado; le aseguró que
velaría sobre él para que no se extraviase, yreiterándole repetidas veces la seguridad y la
promesa de que aún leamaba con la amistad más pura, y de que seguiría amándole siempre,
sequejó de dolor de cabeza, dijo que necesitaba estar sola y hasta leempujó con maternal
familiaridad para que se largase, llamando aMadame Duval, a fin de que le acompañara hasta la
misma puerta delhotel. Arturito tuvo que irse muy triste y desolado.
No se le ocurrió, ni por un momento, dudar de la sinceridad de Rafaelani de su reciente
empeño de volverse santa. A todos los hombres nosciega algo la vanidad y no acertamos a ver,
en ocasiones, al rival queaparece, ni a descubrir en él mayor mérito que en nosotros, ni
másseductores recursos. Y por otra parte, los diálogos entre Rafaela y JuanMaury, que Arturito
había oído, y que versaban sobre historia,metafísica y otros objetos profundos, apartaban del
pensamiento deArturito toda sospecha de que los interlocutores pudieran enamorarse. Loque es
él ni con las mujeres de San Pablo, ni con las de Olinda, ni porúltimo, con las ninfas que había
tratado en París, se había engolfadonunca en tales honduras y discreteos. En París, dígase lo que
se diga,no abundan las Aspasias. Al menos él no las había encontrado, o bienellas,
considerándole profano, le habían ocultado su retórica y sufilosofía, guardándolas para los
Pericles y los Sócrates, y luciendo, alo más, su ingenio en calembours más o menos
desvergonzados y burdos.
Dicho sea en honor de la verdad y en alabanza de Rafaela, su sinceridaden todo aquello era
completísima. Rafaela creía en la propia contrición,en su horror al pecado y en su firme
propósito de la enmienda que lamovían a despedir a Arturito. Lejos, muy lejos de ella la idea de
queJuan Maury diese o pudiese dar el menor impulso para aquel acto.
Si algún cálculo extraño a la contrición y al arrepentimiento era parteen la resolución que
Rafaela había tomado, este cálculo la honraba,demostrando que era prudente y buena.
La noche en que Rafaela despidió a Arturito, era el 5 de Febrero de1852. Rafaela acababa de
saber, con no pequeño sobresalto, que eldictador Juan Manuel Rosas, al frente de sus parciales,
había presentadola batalla en Monte Casero a los coligados que habían acudido paradespojarle
de la dictadura. La derrota del dictador había sido completa.Disfrazado de gaucho, se había
refugiado en el barco de vapor inglésLocusta y navegaba ya con rumbo a Inglaterra.
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